Pío VI, papa mártir de la Revolución Francesa, falleció el 19 de agosto de 1799 en Valence, en el departamento de Drôme, a la edad de 82 años. Agotado y humillado por el cautiverio y la deportación que le impusieron las tropas francesas desde su detención en Roma en febrero de 1798, el pontífice fue enterrado con ritos civiles en el cementerio de Valence. "Ha muerto el último papa", titulaban entonces los periódicos franceses. Muchos pensaban que la muerte de "Jean-Ange Braschy Pío VI, pontífice romano" —como lo nombra el funcionario del registro civil que consignó su fallecimiento en un acta que aún hoy conserva la alcaldía de Valence—, había puesto fin definitivamente a la historia del papado.
Pero unos meses más tarde, para sorpresa general, los cardenales logran reunirse en cónclave y elegir, en marzo de 1800, a un nuevo papa que toma el nombre de Pío VII. El papado renace de sus cenizas. Y como otra señal del cambio de siglo, un joven general francés surgido de la tormenta revolucionaria, un tal Napoleón Bonaparte, acabó imponiéndose y tendió la mano a la Iglesia católica, a la que reconoció como una realidad estructurante y esencial para la reconstrucción de Francia. En este contexto se organizó, en diciembre de 1801, la repatriación del cuerpo de Pío VI a Roma, donde Pío VII participó en sus solemnes exequias en la basílica de San Pedro el 19 de febrero de 1802.
Una tormenta providencial
Una semana antes tuvo lugar un episodio sorprendente, cuando una tormenta obligó al barco que transportaba el cuerpo del difunto papa a atracar en el puerto de Mónaco. "Los habitantes del Peñón lo recibieron con gran fervor", informa el Comité Nacional de Tradiciones Monegascas, precisando que el cuerpo de Pío VI fue depositado en la iglesia parroquial de San Nicolás, "donde fue expuesto a la devoción de los fieles a la espera de continuar su viaje".
Este "acontecimiento significativo del apego de los monegascos al trono de San Pedro" dio lugar a la instalación de una placa conmemorativa en latín en esta iglesia. El lugar de culto fue destruido en 1874 cuando el príncipe Carlos III decidió construir una catedral en ese sitio, pero la placa se conservó y permanece expuesta en el deambulatorio de la catedral. En ella se lee: "Habiendo fallecido el Sumo Pontífice Pío VI en Valence, en el Delfinado, el barco que transportaba sus restos mortales a Italia fue empujado hacia el puerto de Hércules por la repentina violencia de los vientos. La parroquia de Mónaco erigió esta placa funeraria en señal de piedad, el 12 de febrero de 1802".
Este suceso fortuito se hace eco de la devoción popular que rodea a Santa Devota, patrona del Principado y de la familia principesca. De hecho, la tradición cuenta que el cuerpo de esta joven cristiana martirizada en Córcega en el siglo III, empujado por una tormenta y guiado por una paloma, llegó a encallar en una playa situada al fondo del puerto de Mónaco. Esta historia está en el origen de los fuertes lazos que unen a Mónaco y Córcega, territorio que fue el destino del último viaje del príncipe Rainiero III antes de su fallecimiento.
Pero, aparte de esa "escala" de Pío VI, el Principado lleva esperando la visita de un papa desde hace… 488 años. León XIV será, de hecho, el primer papa vivo en visitar Mónaco desde Pablo III, quien, en 1538, se alojó allí en el contexto de "la paz de Niza", cuando el pontífice logró reunir a Carlos V y Francisco I para instarlos a una tregua de diez años, que finalmente conduciría a su reconciliación. Con el fin de evitar someterse a la tutela de cualquiera de los dos soberanos, Pablo III optó por pernoctar en el Principado, y por lo tanto en terreno neutral.










