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Ley de Dios y ley del hombre, ¿qué papel tiene cada una?

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Luis Carlos Frías - publicado el 13/03/26
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La ley natural, inscrita por Dios en su creación, está en perfecta armonía con la ley explícitamente revelada por Dios; y ambas deben ser fuente del Derecho positivo

La ley divina, contenida en los mandamientos, es culmen para todos los que hemos recibido la revelación; pero Dios mismo dejó inscrita su amorosa voluntad en la ley natural, la cual es universal. Esta nunca riñe con la Divina pues su Autor es el mismo.

A diferencia de la Divina, la ley natural no exige de la revelación divina para su conocimiento y práctica esenciales. Y la ley positiva; es decir, la ley creada por el ser humano, está llamada y obligada a estar en armonía con la natural y, en consecuencia, con la Divina. Cuando las leyes humanas contrastan con estas, la primacía del derecho persiste siempre en la natural, que es anterior, superior y de aplicación universal.

Ley moral natural

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI) reconoce la existencia de una ley moral natural, de carácter universal, que enmarca el recto ejercicio de la libertad de todas las personas, con todo y sus derechos y deberes:

“La ley natural no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Esta luz o esta ley Dios la ha donado a la creación y consiste en la participación en su ley eterna, la cual se identifica con Dios mismo” (CDSI, n. 140, con referencia a la Carta enc. Veritatis splendor, n. 50, Summa Theologiae de Sto. Tomás de Aquino, y Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1955-1956).

Atender a la ley natural permite al ser humano no sólo habitar el mundo en armonía con la naturaleza creada; sino socializar con amor según el proyecto de Dios que siempre es conveniente para el ser humano. Obedecer a Dios en su ley natural no esclaviza, sino libera pues su voluntad es santa y perfecta; provechosa para el bien personal y el bien común.

La unidad del género humano

Una de las propiedades de la ley natural es su capacidad de unir a todos los hombres y sociedades en un mismo principio. Así lo instruye la moral social de la Iglesia:

“Aunque su aplicación requiera adaptaciones a la multiplicidad de las condiciones de vida, según los lugares, las épocas y las circunstancias, la ley natural es inmutable, subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso. Incluso cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades” (CDSI, n. 141, con referencia al CIC, nn. 1957 y 1958).

No obstante que esta ley (natural) está presente en todo el orden creado y es perceptible por todos los hombres, se requiere la luz de la gracia para su completa y correcta comprensión. De ahí la importancia de abrir la voluntad e inteligencia a Dios para que, con la luz del Espíritu Santo, podamos conocer la perfecta voluntad de Dios (Cf. CDSI, n. 141), la cual es custodiada y enseñada por el ministerio de la santa Iglesia católica.

No obstante que la revelación total no es compartida por todos los hombres, la ley moral no puede ser ignorada, mucho menos abolida, por voluntad humana. Sus principios más básicos, son luz y guía para todos, en tanto que somos obra original de Dios que no se puede contradecir:

“La ley natural, que es ley de Dios, no puede ser cancelada por la maldad humana. Esta Ley es el fundamento moral indispensable para edificar la comunidad de los hombres y para elaborar la ley civil, que infiere las consecuencias de carácter concreto y contingente a partir de los principios de la ley natural. Si se oscurece la percepción de la universalidad de la ley moral natural, no se puede edificar una comunión real y duradera con el otro, porque cuando falta la convergencia hacia la verdad y el bien, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas, causando daño” (CDSI, n. 142; con referencia a San Agustín, Confesiones, 2.4.9; CIC, n. 1959, Carta enc. Veritatis splendor, 51; Carta enc. Evangelium vitae, 19-20).

Ley natural y valores humanos

Los valores humanos son esenciales, propios e innatos de cada persona ya que “derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir” (Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 71). Estos valores, continúa señalando san Juan Pablo II, “no se fundan en mayorías de opinión, provisionales y mudables, sino que deben ser simplemente reconocidos, respetados y promovidos como elementos de una ley moral objetiva, ley natural inscrita en el corazón del hombre (cf. Rm 2,15), y punto de referencia normativo de la misma ley civil (Cf. Carta enc. Evangelium vitae, 70).

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