CUARESMA 2026
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Todo el mundo sabe que la dieta mediterránea es buena. Que abusar de verduras, frutas, legumbres, aceite de oliva y proteínas de calidad es apostar por la salud. Que reducir azúcares y ultraprocesados es una decisión inteligente. Lo sabemos. Lo repetimos. Lo aconsejamos. Sin embargo, todos —absolutamente todos— hemos caído por debilidad alguna vez en la tentación de la comida rápida, del bollo industrial, del exceso de azúcar. No porque ignoremos lo que conviene, sino porque la voluntad no siempre acompaña el camino que marca la inteligencia. Sabemos lo bueno, pero a veces elegimos lo que no nos conviene
Decisiones conscientes pero equivocadas

Sucede incluso en ámbitos más serios. Hay médicos, incluso neumólogos, que conocen mejor que nadie los efectos devastadores del tabaco y, aun así, alguna vez sucumben a un pitillo en una fiesta. No porque nieguen la evidencia científica. No porque no crean en lo que explican a sus pacientes. Sino porque son humanos.
Algo parecido nos ocurre a los católicos. Sabemos que los Diez Mandamientos no son una lista arbitraria de prohibiciones, sino un verdadero manual de instrucciones para la felicidad. Sabemos que vivirlos ensancha el corazón, ordena la vida y nos hace más libres, más felices. Lo creemos con inteligencia y lo deseamos con el corazón... pero también caemos.
Caer no nos convierte en falsos
Nos convierte en débiles. No invalida la verdad de aquello que defendemos. No convierte en malo lo que sigue siendo bueno. La dieta mediterránea continúa siendo saludable aunque yo me haya dado un atracón de donas. El exceso no anula el principio. Al contrario: suele confirmarlo, porque el malestar posterior nos recuerda que el camino bueno era el otro.
Por eso preocupa una tendencia que suena cada vez más, en especial en quienes ahora son padres de hijos mayores. Esa costumbre de comentar, analizar e incluso juzgar a familias cuyos hijos, en algún aspecto más o menos llamativo, no han seguido exactamente las enseñanzas recibidas.
Que tu hijo vaya a tener un bebé antes de casarse no invalida lo que le enseñaste sobre el valor del amor comprometido. Es, siguiendo la comparación, como un empacho de azúcar. No demuestra que la dieta que le ofreciste fuera equivocada. Ni siquiera significa que él no la reconozca como buena. Puede reconocerla perfectamente y, aun así, haber tenido un momento de debilidad, como el que hemos tenido o vamos a tener absolutamente todos en algún momento.
El grave error de emitir juicios

Juzgar las debilidades ajenas —las del pasado, las del presente o las de nuestros propios hijos— no solo es injusto, sino estéril.
Y, además, puede ser profundamente desalentador. Porque entonces aparece esa otra tentación, más sutil y quizá más peligrosa: “¿Quién soy yo para hablar de esto, si mi hijo ha fallado? ¿Quién soy yo, si yo mismo he caído?”
Pues quizá eres precisamente quien puede hablar. Porque sabes lo que cuesta. Porque conoces el peso de la fragilidad. Porque has experimentado lo que significa levantarse después de una caída. Y eso otorga una autoridad distinta: no la del perfecto, sino la del que lucha.
Sería una cobardía —y una mentira— dejar de proponer el bien porque alguien, incluso muy cercano, o uno mismo no lo haya vivido plenamente. Igual que no dejamos de recomendar una alimentación saludable porque un día comimos mal.
Lo bueno sigue siendo bueno
La verdad no pierde fuerza por nuestras incoherencias. Y la tarea de educar, proponer y acompañar no se suspende cuando aparece la debilidad. Al contrario: es ahí cuando más necesaria resulta la misericordia, la paciencia y la esperanza.
Porque todos, antes o después, tendremos que levantarnos. Y agradeceremos que alguien, sin juzgarnos, nos siga recordando cuál era el camino que conduce a la verdadera salud del alma.











