CUARESMA 2026
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Hay cadenas que no suenan. No son de hierro: son de costumbre. Son suaves, casi cómodas, y por eso peligrosas. Se llevan como quien lleva un anillo: sin notarlo… hasta que un día falta, y el alma se inquieta, como si le hubieran arrancado algo "indispensable". A eso le llamamos apego: esa manera secreta de convertir lo útil en necesario, lo agradable en imprescindible, lo pasajero en esclavitud. De ahí la importancia de soltar.
Y lo más curioso es que muchos apegos no nacen de cosas malas. Nacen de cosas buenas que, sin educación interior, se vuelven pequeñas tiranías: la comodidad, la aprobación, el entretenimiento, el control, el “yo tengo razón”, el impulso de responder, el capricho del cuerpo, el antojo que exige.
Aprender a soltar

El corazón, cuando se acostumbra a depender, se vuelve como una mano apretada. Y una mano apretada no puede recibir. Sólo retiene. Por eso soltar no es perder: es abrir la palma. Es recuperar el espacio interior donde Dios puede respirar en nosotros.
Vivimos rodeados de estímulos que piden obediencia inmediata. La mente escucha un silbido —una notificación, una tentación, una ansiedad— y corre como mascota entrenada. El deseo, sin disciplina, se vuelve impaciente. Y el cuerpo, que fue creado para ser compañero, termina siendo el amo.
Dominar el cuerpo no significa odiarlo
Significa ponerlo en su lugar: como instrumento, no como capitán. El cuerpo tiene apetitos legítimos, pero también tiene trampas: a veces pide alimento cuando en realidad pide consuelo; a veces busca placer cuando en realidad busca olvidar; a veces reclama descanso cuando lo que falta es aprovechar el momento.
Y si uno no aprende a distinguir, acaba viviendo de reacciones: impulsos que mandan, emociones que arrastran, hábitos que gobiernan.
El apego, según los santos
San Juan de la Cruz, explorador de los laberintos del alma, insinuaba una verdad que sigue siendo medicina: lo que estorba no es la cosa, sino el apego. No es el objeto, sino hacerlo "mi oxígeno". No es el gusto, sino convertirlo en necesidad. Cuando algo se vuelve indispensable, empieza a ocupar el lugar de Dios… aunque uno siga rezando.
Y San Francisco de Sales, con su delicadeza, nos recuerda que la verdadera templanza suele ser humilde y cotidiana: moderar un impulso, domar el gusto propio, callar una respuesta hiriente, elegir paciencia, cortar una queja a tiempo, no alimentar la amarga fantasía. Nadie aplaude esas victorias, pero son las que limpian la mirada y vuelven el corazón habitable.
Un verdadero propósito

El sacrificio, cuando es ofrenda, cambia de naturaleza: deja de ser "pérdida" y se vuelve altar. Un altar que no es un lugar de reclamo: es un lugar de encuentro. Y Dios —que no necesita nada— recibe esas ofrendas como un padre recibe el dibujo mal hecho de su hijo: no por su valor material, sino por el amor que contiene.
Por eso la pregunta decisiva no es: "¿qué dejé?" sino "¿de qué me estoy liberando?".
¿De la necesidad de tener la última palabra?
¿Del impulso de complacer a todos?
¿De la urgencia de distraerme para no escuchar mi vacío?
¿De esa gula emocional que busca llenar con cosas lo que sólo se llena con sentido?
¿De esa prisa que me roba el alma?
¿De ese hábito que me promete descanso y me deja más cansado?
Aprender a soltar
Soltar se aprende con actos pequeños, pero verdaderos. Elige uno: una dependencia concreta, un viejo hábito, un reflejo del ego. Y ofrécelo con sencillez: "Señor, toma esto que me domina; enséñame a usar mi libertad para amarte". No hace falta dramatizar. Hace falta constancia. La libertad no nace de un gran discurso: nace de una práctica diaria.
Y para que el sacrificio no se quede en "vacío", conviene unirlo a sus dos hermanas: la oración y la caridad. El tiempo que recuperas del ruido puede volverse silencio fértil. La energía que no gastas en impulsos puede volverse presencia para tu familia. Lo que no inviertes en antojos puede volverse ayuda discreta a alguien.











