CUARESMA 2026
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¿Si creo en Dios, y tengo fe, debería ir a terapia?
Es una pregunta que se repite con frecuencia en esta generación en la que cada vez se recomienda más acudir al psicólogo. Pero no es simplemente una cuestión de “sí” o “no”; es un tema mucho más complejo.
Aleteia entrevistó a la psicóloga Irene Rodríguez Covarrubias, con maestría en terapia Gestalt, quien ofrece un panorama profesional sobre la salud emocional y su relación con la espiritualidad.
Si bien es cierto que el soporte espiritual “suele ser un coadyuvante en cuestiones emocionales”, no actúa por sí solo como un proceso terapéutico. Como explica la psicóloga:
“Aun y cuando el paciente se apegue a la religión, el trabajo terapéutico la mayoría de las veces es un factor definitivo para que la persona logre atravesar alguna situación emocional adversa”.
Cada paciente es un mundo distinto: influyen su situación concreta, su estructura psíquica, su resiliencia y su contexto.
Entonces, ¿una persona creyente puede acudir a terapia?

La vida espiritual aporta sentido y esperanza. Sin embargo, la Iglesia misma reconoce que la dimensión afectiva forma parte constitutiva del ser humano. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma:
“Las pasiones son componentes naturales del psiquismo humano; constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu” (CEC, 1764).
Esto significa que las emociones no desaparecen simplemente por tener fe. Son parte de nuestra naturaleza y necesitan ser comprendidas e integradas. No se trata de elegir entre fe o acompañamiento psicológico, sino de integrar ambas dimensiones en la búsqueda de una madurez más plena.
Espiritualidad y religiosidad, ¿es lo mismo?
Un punto que menciona la psicóloga es la diferencia entre espiritualidad y religiosidad. Como ella explica, la espiritualidad es “una dimensión inherente del ser humano vinculada al sentido, la autenticidad y la trascendencia”. La religiosidad, en cambio, se expresa en prácticas, normas y estructuras que orientan la vida moral y la relación con Dios.
Por ello, aunque la religión nos ofrece una guía concreta para vivir los sacramentos y comprender nuestra relación con Dios, en algunos momentos puede ser necesario un acompañamiento psicológico que ayude a integrar esa vivencia espiritual con nuestra realidad emocional.
Inevitablemente, en la vida enfrentaremos situaciones que desestabilizan nuestro sistema emocional: la pérdida de un ser querido, conflictos relacionales o laborales, cambios importantes en el desarrollo de la persona o un cambio de etapa. En estos casos, acudir a terapia puede ser una herramienta sana y prudente.
La terapia cuenta con recursos que ayudan a trascender conflictos emocionales y a desarrollar habilidades como la autorregulación, la toma de conciencia, la responsabilidad personal y la comunicación asertiva. Esto no sustituye la vida espiritual, pero puede favorecer una vivencia más equilibrada y madura de la fe.
¿Es lo mismo ir a terapia que confesarse?

En cuanto a la diferencia entre confesión y terapia, la psicóloga explica que la confesión es “un acto de humildad” en el que la persona expresa aquello que le genera tristeza, miedo o culpa, y que “el hecho de expresarlo y sentirse escuchado le resta carga emocional”. No obstante, su finalidad es sacramental y espiritual: el arrepentimiento y el perdón de los pecados.
La terapia, en cambio, es un proceso psicológico estructurado en el que se trabaja la historia de vida, los patrones relacionales, posibles heridas y traumas, desarrollando herramientas concretas de cambio.
Salud emocional y fe
“Atender la salud emocional es tan importante como cuidar la salud del cuerpo”.
El acompañamiento psicológico puede ayudarnos a conocernos mejor, detectar heridas o patrones y aprender a gestionarlos. Cada persona es distinta y cada proceso tiene su tiempo. Cuidar nuestra dimensión emocional no debilita la fe; puede ayudarnos a vivirla con mayor conciencia y a discernir con mayor claridad nuestro estado espiritual.










