La Cuaresma no empieza en el calendario, empieza en el corazón. Y uno de los mayores riesgos espirituales no es el escándalo público ni la crisis evidente, sino algo más silencioso: el enfriamiento interior. Cuando la oración se vuelve automática, la Misa una costumbre y Dios una idea lejana, el alma comienza a apagarse sin hacer ruido.
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