Cuando te das cuenta de que has herido a Jesús, puede costar encontrar la manera de expresar tu arrepentimiento y pedir perdón. Tal vez te identifiques con la mujer que irrumpió en casa de un fariseo para ungir los pies de Cristo con sus lágrimas y secarlos con sus cabellos, como san Ambrosio en esta oración.
Oración
¡Ojalá, Jesús, reserves también para mí
el barro de tus pies, que ensuciaste mientras caminabas por mí!¡Ojalá me ofrezcas las manchas de tus plantas
porque yo con mis acciones las estampé en tus pisadas!Pero, ¿dónde encontraré agua viva con la que pueda lavar tus pies?
¡Si no tengo agua, tengo lágrimas,por las que quisiera diluirme, mientras lavo con ellas tus pies!
¿De dónde a mí, que digas de mí:
“Se le han perdonado sus muchos pecados, porque ha amado mucho”?
Penitencia
El obispo Ambrosio, decisivo en la conversión de san Agustín, escribió muchas reflexiones sobre la penitencia, el perdón y la misericordia.
Comentando el pasaje del Evangelio que narra cómo una mujer ungió a Jesús, además de la oración el Doctor de la Iglesia escribió bellas reflexiones sobre el arrepentimiento.
“¿Dónde están nuestras lágrimas, dónde nuestros gemidos, dónde nuestros llantos? Venid, adoremos y postrémonos ante El y lloremos ante nuestro Señor que nos ha hecho”, invita.
“Apórtame tú también después del pecado la penitencia”, pide el obispo de Milán, que dedicó todo un tratado a la penitencia.
“Acude a sus pies”
“En todas partes donde oigas el nombre de Cristo, sal al encuentro -aconseja-; cualquiera que sea la morada interior en la que sabes que ha entrado el Señor, tú apresúrate también”.
“Cuando hayas encontrado la sabiduría, cuando hayas encontrado la justicia en el interior de alguien, acude a sus pies”, continúa.
Y aún: “Confiesa tus pecados con las lágrimas; que la justicia celestial diga también de ti: con sus lágrimas regó mis pies y los enjugó con sus cabellos”.
Buenas lágrimas
San Ambrosio aventura: “Tal vez Cristo no ha lavado sus pies, para que los lavemos nosotros con nuestras lágrimas”.
“¡Buenas lágrimas, capaces no sólo de lavar nuestros pecados, sino también de regar los pasos del Verbo celestial, para que prosperen en nosotros sus caminos!”, exclama.
Y añade: “¡Buenas lágrimas, donde no sólo se encuentra la redención de los pecados, sino el alimento de los justos!”
San Ambrosio consideraba: “Bienaventurado el que puede ungir con óleo los pies de Cristo”.
Muchas flores
“Pero más feliz aún aquella que los ha ungido con perfume -en referencia a la Iglesia-; pues, habiendo concentrado la gracia de muchas flores, expandió olores suaves y variados”.
“Y tal vez nadie pueda ofrecer tal perfume más que la Iglesia sola, que posee innumerables flores con olores variadísimos”, explica.
“Ella toma a propósito la apariencia de una pecadora -aclara-, pues también Cristo ha tomado la figura de pecador”.










