CUARESMA 2026
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La “Capilla de San Olaf” en el Patio Norte de Notre Dame se transformó de iglú en capilla de hielo el 2 de febrero de este año, por iniciativa de los estudiantes de último año Wesley Buonerba (Arquitectura) y Martin Soros (Ingeniería Civil).
En redes sociales abundan fotos y videos impactantes: las vidrieras iluminadas con velas, la estructura de hielo resplandeciente en la noche y una multitud de estudiantes abrigados cantando y rezando en medio del frío.
Lo que comenzó como una forma divertida de aprovechar la nieve del invierno terminó convirtiéndose en una experiencia inesperadamente profunda. Martín lo resume así: fue testigo de “cómo algo tan simple se puede convertir en instrumento de evangelización”.
Para él, la dimensión espiritual estuvo presente desde el inicio. “Mi fe se marcó profundamente en la construcción de este proyecto. Cuando mi amigo Wes y yo decidimos comenzar este proyecto, sabíamos inmediatamente que debía ser una capilla, y por eso, no había duda de que también se debería celebrar una misa ahí”.

Ambos conocían la tradición de la capilla de hielo y la misa anual en Michigan Tech. Querían algo similar, pero también veían una oportunidad más amplia de evangelización. Así nació la idea de construirla y de darle un nombre particular: San Olaf. Martin añadió que “pensamos que San Olaf haría reír a la gente y sería un buen tema de conversación”. De hecho, a muchos les sorprendió descubrir que se trata de un santo real.
La fe en sus vidas
El catolicismo ha sido un eje central en la vida de Wesley. Proviene de una familia numerosa en la zona de Ann Arbor, Michigan, donde sus padres les transmitieron la fe como algo que debía vivirse, valorarse y compartirse.
“Eso fue un gran paso en mi vida. Finalmente, fue lo que me llevó a Notre Dame”. Sobre su experiencia en la universidad, señala que el alumnado y el profesorado “son una comunidad extraordinaria de personas llenas de fe. Como una síntesis de la Iglesia en su conjunto. Ayuda a mostrar la universalidad de la Iglesia… No hay una única manera de vivir la identidad católica”.
La historia de Martin es distinta, él fue criado en Maryland por un padre católico y una madre agnóstica, y asistió siempre a la escuela pública. Eligió Notre Dame buscando vivir más de cerca la comunidad católica. Las dificultades de salud que atravesó y su paso por la escuela pública fortalecieron su deseo de crecer en la fe, sin perder la apertura hacia quienes piensan distinto.
“Tener una madre que no comparte mi fe me ha ayudado a aprender a coexistir con otros con amor y respeto”, dijo Martin.
La resistencia y la sorpresa
No todo fue entusiasmo desde el inicio. Ambos jóvenes reconocen que hubo rechazo en el campus ante la idea de celebrar la Misa en la capilla de nieve. No por parte de la administración, sino de algunos estudiantes preocupados por preservar la reverencia y la atmósfera apropiada.
Cuando la celebración eucarística comenzó a tomar forma, buscaron la guía del Padre Pete, quien los animó a mantener la misa como una iniciativa liderada por estudiantes. Confiaban en que “el Señor los cubrirá”.
Tras seis días de trabajo y apenas 36 horas de promoción, entre 2000 y 2500 miembros de la comunidad acudieron. Fueron testigos de un silencio profundo y un gran respeto, a pesar de estar apiñados en el frío. De rodillas, a 10 grados Celsius bajo cero, rezaron por quienes sufren el frío y no tienen hogar. El asombro fue tal que incluso faltaron hostias consagradas para todos. “Pero la gente se quedó y creo que se conmovieron”, mencionó Wesley.

Martín, impactado, añadió que durante “el transcurso de la misa, creo que lloré cinco veces. La atmósfera fue tan sagrada, tan hermosa. (...) Varios compañeros me contaron que conocían a personas que no habían asistido a misa durante muchos años y que participaron de esta celebración. Poder invitar a estas personas a un encuentro con Cristo y con una comunidad maravillosa fue un gran privilegio para nosotros”.
Una capilla que siguió dando frutos
Tras viralizarse en redes, miles de personas acudieron a visitarla. Martín recuerda especialmente a una pareja que viajó tres horas para verla. “Muchos [de los visitantes] me han comentado que con los tiempos duros en los que vivimos, llenos de división y polarización, las imágenes de la misa les dieron esperanza”.
Wesley, por su parte, subraya que el objetivo de este proyecto era: “Evangelizar y unir al campus de una manera que inspirara a los estudiantes, que les brindara alegría, los acompañara en su camino a clases y les diera un motivo para sonreír”.
Uno de los compañeros de su dormitorio, que nunca había asistido a misa en Notre Dame, decidió que ese lunes sería la primera. “Y eso es solo el comienzo. El hecho de que este evento tan interesante y único haya logrado generar suficiente atención y entusiasmo como para que alguien —que lleva dos años aquí, en un campus donde tenemos 163 misas a la semana— asista a su primera misa… ¡Increíble! Bastaba con empezar algo, con suerte; y eso era todo lo que esperábamos y por lo que rezábamos: tal vez le brinde a esa persona un encuentro”.

Martín concluye en esta frase el gran sentimiento que se vivió:
“La experiencia de una comunidad que salió de la comodidad del calor para alabar a Dios en la locura del frío helado en una noche profunda, que llenó los corazones de luz, de esperanza, del cálido amor de Dios”.








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