CUARESMA 2026
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El Cura Valera no fundó ninguna organización ni escribió ningún libro, pero se convirtió en el nexo de unión de su pueblo, Huércal-Overa. A pesar de las dificultades de “ser profeta en su tierra”, allí hay gente que habla de él como si estuviera vivo y aún lleva su foto en su cartera.
Este municipio andaluz donde nació Salvador Valera Parra en 1816 ha dedicado a su querido párroco placas, monumentos, bustos, instituciones,… Y ahora está expectante porque el próximo 7 de febrero acogerá su beatificación. Para presidirla, viajará a esta localidad española el prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos, el cardenal Marcello Semeraro.
“Cura de Ars español”
“Era un hombre que, aparentemente, no hizo nada extraordinario”, escriben tres obispos en una carta pastoral que han dedicado a este sacerdote que algunos llaman “el cura de Ars español”. Si no escribió nada, no fundó nada, ni se recuerdan ninguno de sus sermones, ¿cómo despertó tal agradecimiento entre el pueblo y llegó a recibir altas distinciones institucionales?
“No es un santo intelectual, sino entregado –explica a Aleteia el delegado de las causas de los santos de Almería, José Juan Alarcón-. Lo que brilla es su santidad de vida”. “Su presencia, manifestada en las historias mantenidas en el tiempo, nos lo muestran como un párroco entregado a su pueblo, en fidelidad, en humildad, y cuidando a sus fieles desde la caridad”, responden los obispos.
Historias como la pacificación del penal de Cartagena en rebelión, que Valera logró visitándolo. Salvador se acercaba a veces a hogares divididos y llevaba a sus feligreses la paz. Él les escuchaba, conocía y compartía sus necesidades y alegrías, y rezaba y se comprometía por ellos.
Entrega discreta
Les proporcionaba ayuda espiritual y material, con discreción y sencillez. Lo hacía en situaciones de emergencia, como un terremoto o un incendio. Y también en el día a día, dejando una moneda bajo la almohada de un enfermo, donando ropa, comida,…
El Cura Valera logró que santa Teresa Jornet, fundadora de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, abriera una residencia para mayores en su pueblo.
Y llegó a arriesgar su vida al menos en dos ocasiones para atender a los enfermos durante la epidemia de cólera de mitad del siglo XIX.
Por ello, la Reina Isabel II le concedió la Orden de Carlos III, y el Ayuntamiento de Huércal-Overa le regaló un cáliz que hoy se custodia en su parroquia.
Salvador pasaba horas en el confesionario y amaba ardientemente la Eucaristía. Los obispos destacan que “celebraba la Santa Misa con una devoción que conmovía a quienes participaban” y que siempre se preocupaba por que luciera ardiendo la lámpara ante el Santísimo.
Su memoria y su fama de santidad están vivas. Cuadros con su imagen siguen adornando paredes de casas de su pueblo. Y el sencillo hogar donde creció se conserva lleno de recuerdos.
En su proceso de beatificación se han recogido más de mil testimonios de su santidad.
Muchos le siguen confiando sus necesidades y pidiendo pequeños favores y grandes milagros, como la curación de un bebé en Estados Unidos que ha permitido su beatificación.










