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Santa Juana de Valois, princesa enferma y reina sin corona 

Santa Juana de Valois, Santos, Francia
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Anne Bernet - publicado el 03/02/26
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Hija, hermana y esposa de reyes, la princesa santa Juana de Valois nació enferma, pero dotada de una gran inteligencia; con la cual, fundó la orden de las Anunciadas

Es un error creer que las historias de las princesas se parecen a los cuentos de hadas encantados, porque en realidad eso es muy poco frecuente. Peones en tableros políticos más grandes que ellas, prometidas a matrimonios sin amor, no se les concede el lujo a la felicidad. Santa Juana de Valois, aunque fue princesa, experimentó esta cruel verdad más amargamente que muchas otras. 

Nacida el 23 de abril de 1464 en Nogent-le-Roi, Juana era la cuarta hija, la segunda mujer, de Luis XI y su segunda esposa, Charlotte de Saboya. Su llegada al mundo no fue motivo de alegría: su padre, que ya había perdido dos hijos, quería a toda costa un varón y castigó a la recién nacida por la decepción, cancelando los festejos previstos para su nacimiento.

Una niña diferente a las demás 

Sin embargo, el rey tenía sus propios planes para su hija: cuando aún no había cumplido un mes, la comprometió con su primo Luis de Orleans, un niño de dos años, para consolidar el control sobre la rama cadete de la familia, que siempre había sido motivo de inquietud para la principal. Luis XI aún ignoraba, pero por poco tiempo, que Juana no era como las demás.

Feúcha —herencia de su abuela paterna, la reina María de Anjou (de quien se decía durante la Guerra de los Cien Años que su sola aparición bastaba para poner en fuga a los ejércitos ingleses)— y de su padre, la niña pronto reveló además una grave discapacidad física. Espalda torcida, joroba ("delante y detrás", susurraban las voces más maliciosas), una cadera más baja que la otra, pelvis desviada, coja, incapaz de crecer y desarrollarse normalmente… No tardó en nublar la mente de su padre… o, más prosaicamente, en contrariar sus planes. 

Todo el mundo podía ver las dolencias de la princesa, y la viuda duquesa de Orleans, tutora de su hijo, se opuso al matrimonio previsto. Ahora bien, cuando los médicos le dijeron a Luis XI que, con toda probabilidad, Juana nunca podría llevar a término un embarazo ni dar a luz sin morir, el soberano creyó tener en sus manos la solución a los problemas que planteaba la rama cadete: si la princesa no podía ser madre, la Casa de Orleans desaparecería por falta de descendencia.

Un cálculo muy cínico que Juana siempre se negó a creer cierto, pero que, por desgracia, está bien documentado. Entonces, como era necesario ocultar el estado de la pequeña a los ojos del mundo durante el mayor tiempo posible, Luis XI la alejó de la corte y, separándola de su madre y su hermana, la confió al barón y a la baronesa de Linière, encargándoles que la criaran al abrigo de miradas indiscretas, en su mansión de Berry.

Este matrimonio se va a celebrar

La princesa tenía seis años. Era fea, pero había heredado de su padre una gran inteligencia y una fuerza de carácter indiscutible, además del sentido de su origen y su rango. En Linières, aunque la baronesa la cuidaba con ternura, daba la impresión (según decían los escasos visitantes) de ser "una pobre niña que en nada se parecía a una princesa".

Bordaba bien, pintaba acuarelas no exentas de inspiración, daba limosna con toda la generosidad que le permitía su escasa pensión y, muy devota de Nuestra Señora y consciente de sus desgracias, meditaba retirarse a un convento, tan pronto como la edad se lo permitiera, donde nadie le reprochara su fealdad. 

Tenía siete años cuando, mientras rezaba un día en la capilla, una voz le reveló los planes de Dios para ella: 

Antes de tu muerte fundarás una "orden religiosa" en honor a la Santa Madre de Dios, y así me harás muy feliz. 

Juana creía que su futuro estaba escrito, pero no contaba con su padre. Es cierto que cuando este la volvió a ver en 1473 exclamó: "¡No sabía que fuera tan fea!", y se negó a abrazarla, pero esta reacción no cambió nada en sus planes. Su hija sería duquesa de Orleans, los pactos son pactos. Solo tenía que llegar a la edad núbil, es decir, a los doce años. Mientras tanto, la volverían a esconder.

La boda se celebró el 8 de septiembre de 1476, tras obtener las dispensas necesarias (porque Juana y Luis eran primos y el yerno era ahijado de su suegro, un parentesco espiritual que convertía a los esposos en hermano y hermana ante Dios). En cuanto a los verdaderos problemas, es decir, los defectos de la novia y el desesperado intento del novio de escapar de la boda, nadie les prestó atención: no se se opone al rey de Francia, sobre todo cuando se trata de un tipo como Luis XI. 

Una devoción desmesurada 

El resto de la historia sigue plagado de dudas y rumores. Bien aconsejado por su madre y sus abogados, Luis, incluso a los 14 años, era capaz de comprender dónde estaba su interés: le habían obligado a casarse con Juana, pero nadie podía obligarle a consumar la unión. Todo hace suponer que el joven, que a pesar de sus problemas económicos se negó a tocar la dote de su esposa, se cuidó mucho de conocerla carnalmente.

Por supuesto, estaba obligado a dormir en la misma cama, pero sin duda eso era todo. En su ignorancia, Juana creía de buena fe (y nunca dejaría de creerlo) que era la esposa de su marido… Quizás al envejecer habría comprendido que no lo era, porque nunca aceptó someterse al examen médico que habría permitido decidir la cuestión.

Sea como fuere, para esta pareja mal avenida comenzó un calvario de veintidós años: nada logró conmover el corazón ulcerado del joven, que al cabo de unos días devolvió a su "esposa" a Linière. Y Juana demostró una paciencia, una ternura y una devoción desmesuradas. Cuando Luis enfermó de viruela, ella acudió en su ayuda y lo cuidó. Una vez recuperado, la echó inmediatamente y declaró: "¡No me hables más de eso! ¡Ojalá estuviera muerto!" 

Un mal negocio

La muerte de Luis XI, en 1483, permitió a la duquesa de Orleans instalarse en la corte de su hermano, Carlos VIII, y de su hermana mayor, Ana de Beaujeu, regente hasta la mayoría de edad del joven rey. Apoyó a su marido cuando este se involucró en todas las conspiraciones contra la familia de sus suegros, salvándole la vida y suavizando su cautiverio: "Es más infeliz que culpable", decía. Luis no se mostró agradecido y, cuando en 1498 la muerte, repentina y sin descendientes, le quitó el reino a Carlos VIII y se lo dio a él, este no cambió en absoluto su actitud hacia su esposa. 

De Luis XII, la historia conservaría esta frase bien grabada: "El rey de Francia no venga las ofensas cometidas contra el duque de Orleans", lo que concedía amnistía a los vasallos de su suegro y cuñado por las injusticias cometidas contra él, pero, aunque perdonaba el mal recibido, no podía ni quería recompensar los beneficios de una esposa tan incómoda.

El rey debía herederos a la corona, y Juana nunca podría dárselos. Sobre todo, debía casarse urgentemente con la viuda de Carlos VIII, la duquesa Ana, porque, al haber muerto todos los hijos de la pareja real, Francia habría perdido Bretaña si él no se hubiera casado con su soberana.

Juana, llena de sentido del deber y de intereses dinásticos, lo comprendió. Tenía que desaparecer y aceptar la anulación del matrimonio. ¿Por qué la mujer que afirmaba "Le corresponde a la Iglesia pronunciarse: si el Papa decide que nuestra unión es nula, obedeceré sin replicar a su decisión y Jesucristo será desde ese momento mi único esposo y Señor" decidió enfrentarse a un tribunal eclesiástico y a un proceso perdido de antemano?

Sin duda pensaba que era realmente la esposa de su marido, algo de lo que incluso sus amigos y consejeros dudaban, aunque no se lo dijeran. Este "feo asunto", como lo definió el papa Alejandro VI, el Borgia, que tampoco era un modelo de probidad y perseguía sus propios intereses a base de simonía desenfrenada, concluyó con la anulación de un matrimonio indiscutiblemente forzado, al menos por parte del marido, consentido bajo violencia y amenaza y nunca consumado. 

Votos sagrados 

Con amargo humor, Juana se inclinó: "Por el juramento de mi marido, he permanecido virgen y doncella". Luego añadió dulcemente: 

¡Bendito sea Dios, que ha permitido estos acontecimientos para separarme cada vez más del mundo y darme los medios para servirle mejor de lo que lo he hecho hasta ahora! 

Con el título de duquesa de Berry y una dote que le proporcionaba una renta cómoda, pero siempre insuficiente para sus obras de caridad, se retiró a Bourges. Sus últimas palabras a su marido fueron:

"No dejaré de rezar a Dios por tu felicidad y la de Francia". 

Promesa que cumplió. Bajo sus vestidos de corte ocultaba un cilicio y pasaba sus días meditando, según la espiritualidad franciscana que tanto amaba, la Pasión de Cristo.

En 1500, tal y como le había anunciado la voz que oyó en su infancia, fundó la congregación de las Siervas, o Anunciadas, a la que se unió con votos secretos porque, habiendo impuesto la virginidad como regla a sus religiosas, decidió (prolongando la duda hasta el final) permanecer excluida, como mujer casada, de su propia congregación. 

Juana de Valois murió en su palacio de Bourges el 4 de febrero de 1505. El Cielo y la Iglesia le han reservado otra corona. Esta, imperecedera. 

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