Juan Lamas es un mexicano de 44 años de edad, nacido en El Arenal, Jalisco, pero que desde hace 14 años reside en Tulsa, Oklahoma.
Tenía 25 años cuando se fue a California para trabajar. En ese momento, no frecuentaba mucho la Iglesia, pero creía en Dios por la tradición de sus papás y abuelos.
Un día, su esposa fue a California para visitarlo y, cuando se regresó a México, a Juan lo invadió la tristeza muy profunda. La depresión lo llevó a encerrarse por dos semanas en su habitación. Él intuía que el demonio estaba detrás de lo que estaba viviendo. "Entonces lo reté diciéndole: 'Yo sé que esto que siento viene de ti, pero conmigo no vas a poder'. Y a partir de eso empecé a estar más mal".
Familia en riesgo
Poco después su esposa pudo irse a vivir con Juan, pero el cuadro depresivo de éste continuaba: "Me enojaba con ella y aceleraba la camioneta sintiendo el deseo de matarme con toda mi familia. Mi esposa me decía: '¡No hagas eso, Juan! ¡Frena, por favor!'".
Además, la depresión lo llevó a tener dificultades para trabajar bien, y esto llegó hasta oídos de familiares: "Algunos le decían a mi papá y mamá, y a mis suegros: 'Juan anda bien mal, está matando a su esposa de hambre'. Y mis suegros querían quitármela".
Su esposa, sin embargo, se mantuvo al lado de Juan.
"Y Dios permitió que mi depresión fuera tan tremenda que duré alrededor de 4 años con ella", comenta él, y agrega: "Cuando iba a mi trabajo, abría la ventanilla de mi vehículo y le gritaba al Señor: '¡Si Tú existes, sáname porque me siento muy mal! ¡Por favor, ayúdame! ¡No Te conozco, pero Te quiero conocer!' Duré haciendo esto a diario por 2 años".

Finalmente, un día el Señor se hizo sentir contundentemente en la vida de Juan: "Decidí ir a una iglesia; entré con un deseo enorme de confesarme y miré a un hombre sentado en una banca, volteando hacia el altar".
"Yo no sabía quién era. Me le arrimé y le dije: 'Oiga, ¿no está el sacerdote?', y él me respondió: "Pasa, mi hijo, ya te estaba esperando'; y, cuando me dijo eso, me puse a llorar y me senté a su lado; me abrazó como si fuera Dios mismo y me dijo: 'No temas, el demonio quería que te mataras. Pero Dios te ama y aquí estás. Dime tus pecados'".
"Ahí fue cuando sentí que verdaderamente Jesús está vivo, y empecé mi camino con Él".
Desde entonces iba a retiros, a Misas de sanación, comulgaba cada domingo, se confesaba con frecuencia y empezaba a leer la Biblia. Pero cuenta que, como dijo una vez un sacerdote, "Dios no te va a quitar todo a la primera porque te puedes ir. Así que fue poco a poquito que empezó a llegar la sanación".
Un anuncio inquietante
En esos años en que vivió en California, Juan tuvo una revelación sorprendente:
"Yo estaba haciendo oración un día, platicando con Jesús, diciéndole que lo amo y dándole gracias, cuando de repente oí una voz dentro de mí que me dijo: 'Yo te voy a permitir un cáncer'".
"Eso fue tan fuerte que me sorprendí y le dije a Dios: '¿Sabes qué, Jesús? Mejor vete para allá, mi Señor, con todo respeto'. Y empecé a hablar con Mamita María: 'Madre, no quiero escuchar a tu Hijo; eso que me dijo se oyó muy feo'".
Juan, tras conversar un rato con la Santísima Virgen, tuvo la bendición de recibir una nueva locución: "Oí otra vez la voz, que me dijo: "Yo te voy a permitir un cáncer y va a ser para que glorifiques mi Reino". Y en ese momento se me nubló todo lo que estaba ahí y me envolvió una luz blanca. Le respondí a Dios: 'Señor, si esto viene de Ti, si un día Tú me vas a permitir un cáncer, entonces adelante, que se haga tu divina voluntad'".
A dos décadas de distancia
Dios arregló las cosas para que Juan, su esposa e hijos se pudieran mudar de California a Tulsa, donde ya estaban residiendo los padres de ella.
Y en junio de 2023, casi dos décadas después de las locuciones que Juan había experimentado, su hijo Julián, que siempre ha dicho que quiere ser sacerdote -y que entonces tenía 13 años de edad- viajó a México para visitar a familiares. Estando ahí enfermó: "Nos lo mandaron de regreso. Y al verlo me sorprendió cómo había adelgazado tanto en apenas tres semanas", dice Juaj.
Juan y su esposa llevaron a su hijo al hospital y, tras realizarle estudios, fue diagnosticado con cáncer. "Empezamos a llorar. Abracé a mi hijo y oré por él; le dije a Dios: 'Señor, si tú permites esto, pues que se haga tu divina y santa voluntad'. Y mi niño empezó un tratamiento con quimioterapias y radioterapias".
Juan preguntaba en oración si el cáncer de su hijo era el que el Señor le había anunciado en el pasado. Pero no obtenía respuesta.
Él cuenta: "Cuando Julián estaba en la cama, acostadito, flaquito, peloncito, yo le decía: 'Cómo quisiera que el Señor me dejara estar en tu lugar. Te amo y no quiero verte así'".

Entonces Dios comenzó a sanar a Julián. Y sucedió que Juan descubrió una mañana que le habían salido unos bultos en el cuello.
Después de orar tuvo la certeza de que era el cáncer que Dios le había anunciado, y se lo dijo a su familia. Fue en compañía de su esposa al hospital, donde efectivamente recibió el diagnóstico de que tenía exactamente el mismo tipo de cáncer del que su hijo se acababa de curar.
"Mi esposa se echó a llorar y le dije: 'Dios ha sido nuestra vida ya por 20 años. Lloremos todo lo que tengamos que llorar, pero de Él no vamos a renegar. A Él nos vamos a unir y vamos a abrazar nuestra cruz'".
Las quimioterapias

Comenta Juan que fue hasta la tercera quimioterapia que empezó a sentirse realmente mal.
"Y de la cuarta quimioterapia nació una canción que compuse. Esa quimioterapia fue muy fuerte, me metieron un medicamento extra, y hasta mi esposa tuvo que ir por mí. Me tuve que quedar cuatro días acostado en la cama y las dudas me asaltaron, pero oré: '¿Dónde estás, Padre? ¡Qué difícil es esto, Señor! Aunque no Te miro, voy a confiar en Ti'".
Para gloria de Dios, Juan alcanzó la salud.
"El Señor nos sanó a mi hijo y a mí a través de los médicos, a través de la quimoterapia. Hay personas que pasan por el proceso de la quimioterapia y no se alivian. Si Dios no permite que uno se alivie a través de la medicina, Él sabe por qué lo está haciendo".
La comunión de los santos
Una de las realidades que Juan y su familia experimentaron durante este proceso fue la comunión de los santos. Por un lado, su comunidad parroquial oró profundamente por la salud del niño Julián y de su papá.
"Mi esposa, mis hijos y yo estamos muy agradecidos con nuestra parroquia; todos los sacerdotes nos apoyaron y sentimos la fuerza de la oración de todos nuestros hermanos en la Iglesia".
Pero además del apoyo de la Iglesia militante, también tuvieron el de la Iglesia triunfante:
"A mi hijo se lo encomendamos mucho a Carlo Acutis, y al padre Pío también. Y, cuando yo empecé, me encomendé a san Peregrino, que es el santo patrono de los enfermos de cáncer. Y, claro, también pedí la intercesión de mamita María".
Juan y su familia recibieron dos hermosos favores. El primero fue cuando, a causa de las quimioterapias, su sistema inmunológico se debilitó tanto que fue presa de una muy fuerte infección gastrointestinal, para la cual no podían darle tratamiento:
"Eran ya como las 5 de la mañana del segundo día de la infección y los fuertes dolores me hacían llorar y me doblegaban. Me fui a la sala y empecé a orar: 'Madre Santa, ya no aguanto este dolor. Ruégale a tu Hijo Jesús que me sane, o que por lo menos esta noche me deje descansar, pues ya son las 5 de la mañana y no he podido dormir. Te lo pido con todo mi corazón'. Y, en cuanto dije todo eso, el dolor empezó a disminuir hasta que se me quitó. Quedó en cero".
En otra ocasión estaba orando a las 3 de la mañana por lo mal que se sentía. "Le dije al Señor: 'Yo no sé por qué Tú permites esto, pero Tú sí lo sabes porque eres el dueño del pasado, del presente y del futuro. Aquí estoy, mi Señor. Te amo. ¡Ayúdame!'. Y en ese mismo momento Dios me respondió mediante una llamada telefónica. Era una monja que vive en Querétaro, México, amiga de nosotros. Y me dijo: 'Juanito, sé que te estoy hablando ya tarde, pero estoy orando por ti y te puedo decir que Cristo está contigo, que Él nunca te ha abandonado ni te abandonará'".
Juan Lamas concluye con unos versos de la canción que escribió para testificar la presencia amorosa de Jesús entre los hombres:
"Señor, gracias por todo lo que pasamos, / porque realmente Tú nos muestras que estás vivo / a través de nuestros hermanos". Y también: "Tú irás Conmigo, Yo iré contigo, / y al mundo gritaremos que sigo vivo".










