No fue un crimen más, fue un recordatorio brutal de hasta dónde había llegado la violencia: ni los espacios sagrados, ni los ministros consagrados, ni los más indefensos estaban a salvo.
Sin duda, fue un momento que marcó un antes y un después, especialmente para la Iglesia en México quien, junto con las universidades, organizaciones civiles y ciudadanos, entendieron que ya no bastaban los comunicados ni las condenas. Había que escuchar, articular, construir.
Así nació el Diálogo Nacional por la Paz.
El primer Diálogo: escuchar a un país herido
En 2023 se celebró el primer Diálogo Nacional por la Paz con sede en la Universidad Iberoamericana Puebla. Su objetivo no era negociar con el poder, sino algo más profundo: escuchar a México.
Después, durante meses, se realizaron foros, encuentros comunitarios y espacios de diálogo en las parroquias, universidades, comunidades indígenas y colectivos ciudadanos. El resultado fue histórico:
- Más de 20 mil voces escuchadas.
- Participación de víctimas directas de la violencia.
- Testimonios de jóvenes, madres buscadoras, comunidades desplazadas, empresarios, académicos y agentes pastorales.
De este proceso surgió la Agenda Nacional por la Paz, un documento que no maquilla la realidad: señala con claridad la impunidad, la corrupción, la desigualdad, la ruptura del tejido social y la ausencia de justicia como causas estructurales de la violencia.
El primer diálogo no se quedó en el diagnóstico. Entre los acuerdos más importantes quedaron:
- La urgencia de poner a las víctimas en el centro.
- La necesidad de reconstruir comunidades desde lo local.
- La corresponsabilidad de todos los sectores sociales.
- El rechazo a la normalización de la violencia.
- La convicción de que la paz no se impone, se construye.
Del diagnóstico a la acción: el Segundo Diálogo Nacional por la Paz
Hoy, este proceso entra en una nueva etapa.
Del 30 de enero al 1 de febrero de 2026, en el ITESO (Universidad Jesuita de Guadalajara), se llevará a cabo el Segundo Diálogo Nacional por la Paz. Y el énfasis es claro: pasar de la escucha a la acción.
Así que, este nuevo encuentro no nace de cero, parte de una pregunta clave: ¿Qué hacemos ahora, con todo lo que ya sabemos?
El segundo Diálogo busca:
- Traducir la Agenda Nacional de Paz en compromisos concretos.
- Identificar prácticas que sí han funcionado en comunidades específicas.
- Construir rutas de largo plazo que no dependan de ciclos electorales.
- Fortalecer alianzas entre Iglesia, sociedad civil, academia y autoridades locales.
Detrás de este proceso hay una convicción profundamente evangélica: la Iglesia no puede ser indiferente ante el sufrimiento del pueblo.
La Conferencia del Episcopado Mexicano ha insistido que este esfuerzo no busca protagonismos y mucho menos poder político, sino algo más sencillo pero igualmente exigente: acompañar, escuchar y sanar.
Como ha recordado el magisterio reciente de la Iglesia, la paz no es solo ausencia de guerra, sino fruto de la justicia, de la verdad y de la reconciliación.
En un país marcado por el miedo, el Diálogo Nacional por la Paz es una apuesta contracultural: creer que todavía es posible encontrarnos, hablarnos y reconstruirnos.
Una esperanza que se construye paso a paso
¿Y nosotros? Compromisos concretos para construir la paz como cristianos
El Diálogo Nacional por la Paz no es solo un compromiso para las instituciones, sino que nos interpela desde nuestra naturaleza cristiana. Porque la paz, para quien cree en Cristo, no es un ideal abstracto, sino una vocación concreta.
Sumarnos a este camino nos compromete, al menos, a cinco actitudes esenciales:
1Pasar de la indignación a la responsabilidad:
El Evangelio nos pide involucrarnos en la reconstrucción del tejido social desde nuestros espacios cotidianos.
2Escuchar a las víctimas y no acostumbrarnos al dolor:
Como Iglesia, estamos llamados a ser casa para quienes han sido heridos. Escuchar sin juzgar, acompañar sin imponer, llorar con quien llora.
3Educar para la paz, especialmente a los jóvenes:
La paz se aprende cuando enseñamos a resolver conflictos sin violencia, cuando formamos conciencias críticas, cuando no normalizamos el miedo ni la corrupción.
4Orar, pero con los pies en la tierra:
Rezar por la paz implica también preguntarnos: ¿qué estoy dispuesto a cambiar para que la paz sea posible?
5Caminar juntos, incluso con quien piensa distinto:
Nadie construye la paz en solitario. Estamos llamados a tender puentes, no a levantar muros; a dialogar sin renunciar a la verdad.
Jesús fue claro: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). No dijo “los que hablan de paz”, sino los que la trabajan.
Hoy, en un México herido, este diálogo nos compromete a algo profundamente evangélico: creer que la paz es posible y atrevernos a construirla, juntos, desde abajo y desde el corazón.










