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Navidad, migración y dignidad humana: cuando la fe pide una pausa al poder

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Mónica Alcalá - publicado el 28/12/25
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En Estados Unidos, obispos piden paz para las personas migrantes durante la Navidad

Los obispos de Florida, liderados por el Arzobispo de Miami, Thomas Wenski, hicieron un llamado a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, para detener, en este tiempo de Navidad, las redadas y deportaciones migratorias, con tal de que las personas migrantes puedan disfrutar en paz y con sus familias, este tiempo de especial encuentro.

No pidieron un cambio de leyes ni una reforma estructural inmediata. No denunciaron la inhumanidad de algunas leyes o mandatos, solo un mínimo gesto de caridad: detener, por unos días, la separación de familias en estos días en que, justamente, celebramos y vemos familias unidas por el don del Nacimiento de Jesús.

Los obispos lo expresaron con claridad pastoral al recordar que “la dignidad de la persona humana no se suspende por una condición migratoria” y que la Navidad es, por excelencia, una fiesta de familia, acogida y misericordia.

La respuesta fue inmediata y fría, con un claro rechazo a la propuesta y reafirmando su política migratoria que seguirán aplicando sin excepciones, incluso durante la temporada navideña.

¿Qué revela de una sociedad el hecho de que no sea capaz de hacer una pausa ni siquiera en Navidad?

No se trata de ideología ni de bandos políticos, sino de una tensión moral profunda entre la aplicación de algunas leyes y la dignidad humana. La Navidad, lejos de ser un adorno sentimental, pone a prueba nuestras decisiones reales cotidianas. Es un tiempo para dejar de lado la apariencia de la fe, del amor, para mostrar realmente nuestra profunda humanidad.

La Sagrada Familia: Dios también fue migrante

Si la migración es algo que ha acompañado a la humanidad desde siempre, si el caminar, el trasladarse, el intentar escapar o mejorar ha sido una condición humana inicial, ¿por qué es ahora perseguida e incriminada?

Jesús, como muchos migrantes, no nació en un hogar seguro ni en una patria estable. Nació en un pesebre en Belén -ni siquiera su ciudad-. Después tuvo que huir con sus padres a Egipto, nación que acogió a la familia mientras pasaba el peligro. Fue extranjero, dependiente de la hospitalidad ajena.

El Evangelio recuerda que Dios eligió nacer en la fragilidad, y que Cristo mismo se identifica con el migrante: “Fui forastero y me acogieron” (Mt 25,35).

Celebrar la Navidad mientras se separan familias nos obliga a una pregunta incómoda: ¿A quién o qué celebramos realmente?

El Papa Francisco fue insistente y claro al hablar de migración:  “Cada migrante tiene un rostro, una historia, un nombre” (Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado). Sintetizó muy bien cuál es la esperada respuesta cristiana ante esta realidad: “Acoger, proteger, promover e integrar”.

Recordó que el derecho de Estados Unidos a regular sus fronteras no anula el deber moral de proteger la vida y mantener unidas a las familias, especialmente en personas con alto nivel de vulnerabilidad, como es el caso de los migrantes.

El Papa León, en continuidad moral, ha subrayado, desde sus primeros mensajes como pontífice, que la migración es una herida abierta en el mundo contemporáneo y que la Iglesia no puede callar cuando la dignidad se somete a un mero trámite administrativo.

En intervenciones recientes afirma que la legalidad no basta sin humanidad y que la fe cristiana, aunque no ofrece soluciones técnicas, sí es una brújula moral con criterios irrenunciables.

La migración, ha señalado, no es una amenaza que gestionar, sino una realidad humana que acompañar: “El trato inhumano a inmigrantes en Estados Unidos no es pro vida”.

Entre ley y misericordia: una tensión que exige discernimiento

Ciertamente, los Estados tienen derecho a aplicar sus leyes, pero la Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la persona y su dignidad, siempre debe ser el centro de la ley y la política.

Aún con esto, los obispos de Florida, no buscaban abolir la ley, sino humanizar su aplicación, al menos en un tiempo litúrgico que proclama que Dios se hace cercano a los más frágiles. La Navidad no suspende las leyes, pero sí revela el corazón con el que las aplicamos. Cuando la Iglesia pide una pausa, no hace activismo político: recuerda el Evangelio.

Tal vez el mundo no se detenga, pero la fe insiste en proclamar que ninguna política debería ser más fuerte que la dignidad y unión de una familia y que cada Navidad es una nueva oportunidad para elegir entre la indiferencia y la misericordia.

Navidad: una oportunidad para mostrar misericordia

No es solo una fecha que pasa en el calendario; es un examen silencioso del corazón. Cada vez que una familia es separada, cada vez que un niño espera a un padre que no llegará a la mesa, Cristo vuelve a nacer en la intemperie. Y nos mira.

No todos podemos cambiar las leyes, pero todos podemos decidir no ser indiferentes. Podemos orar, acompañar, apoyar a las parroquias que reciben migrantes, tender la mano, levantar la voz cuando la dignidad humana es reducida a trámite. Porque la fe cristiana no se vive solo en los templos, sino en la forma en que tratamos al más frágil.

La causa migrante no es una agenda o moda, es el Evangelio caminando. Defender esta dignidad no es tomar partido político, es estar a favor de las personas, de la familia, pues los niños no entienden de políticas, pero sí de ausencias.

Tal vez esta Navidad no logre detener deportaciones, pero sí puede detener nuestra indiferencia. Y a veces, eso es el primer paso para que el mundo empiece a cambiar.

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