¿Has soñado la santidad para tu familia? Seguramente sí, es un deseo del alma el compartir la bondad de Dios con todos los que nos rodean. Y justamente, este ejemplo podemos verlo a través de la infancia de santa Teresa de Ávila.
Hemos escuchado grandes cosas de ella, pero entre ellas, no se habla tanto de su familia, siendo que fue en ese primer nicho donde encontró la vocación para la que Dios la tenía destinada.
Familia de santa Teresa
Ella fue hija de doña Beatriz Dávila y don Alonso Sánchez de Cepeda, un matrimonio que duró un poco más de 20 años. Ese matrimonio dio como fruto a nueve hijos, entre ellos, Teresa y ocho hermanos llamados Hernando y Rodrigo (mayores que ella), Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana.
Es importante mencionar que, aunque la santa sentía cariño por todos sus hermanos, siempre se llevó más con los mayores. En especial con Rodrigo, que le llevaba por cuatro años y coincidían en la fecha de cumpleaños; es con quien compartía sus confidencias infantiles.
Se dice que los hermanos leían la vida de los santos, así como libros de caballería, a los cuales el padre se oponía, pero su madre se los pasaba en secreto. Esto provocó que en ellos naciera un deseo, no solo de aceptar la religión, sino de vivir una vida de lucha por la fe. Ellos soñaban con levantar ermitas y tener una muerte por Cristo. Lo cual es fascinante, pensar que dos pequeños, desde la infancia, su mayor deseo fuera ser mártires.
En una ocasión, Teresa, a sus 6 años, inició una fuga con Rodrigo para ser mártir en tierra de moros. Sin embargo, ese plan no llegó a resultar, ya que su tío los descubrió justo en el momento de escape. Pero esto no los desanimó; ellos seguían jugando en su inocencia a ser ermitaños en una cabaña que tenían en el huerto de su casa.
Una vocación que inició desde niños
Sabemos que santa Teresa, al crecer, tuvo el llamado para convertirse en monja carmelita. Ella decidió entrar al convento a expensas de los deseos de su padre porque no creía que era lo mejor. Sin embargo, como podemos ver, desde pequeña ella siempre sintió este deseo por perseguir la verdad.
Este ejemplo también abrazó la realidad de su hermano Rodrigo, cuando al crecer, en ese mismo año de 1535, se marchó a América para la conquista del río de la Plata. En el libro de “Los hermanos de Santa Terese en américa” de Asunción Aguirrezábal, lo explica así:
“‘Perteneció a la expedición encabezada por el Adelantado Don Pedro de Mendoza, en la cual iba de almirante el hermano de éste, Don Diego, y de maese de campo el avilés Juan de Osorio. Entre los capitanes de más cuenta y significación’ figuraba Rodrigo de Cepeda, al decir de los cronistas de aquella épocа. (...) Mientras se adelantan los audaces marinos y soldados a la fundación de Santa María de Buenos Aires, la futura espléndida metrópoli del Plata, imaginémonos cuáles serían los tiernos adioses y el estrecho abrazo de despedida de Rodrigo y Teresa. Tal era el amor del joven capitán a su hermana, que a ella dejó por única heredera de su patrimonio y derechos eventuales, en el testamento que hizo antes de su partida; el cual no debía llevarse á efecto, una vez que Teresa había profesado ya cuando, á los pocos meses, vino la noticia de la prematura muerte de Rodrigo”.
Como podemos ver la santidad de santa Teresa no hubiera sido posible sin la ayuda de su familia, en especial de su hermano. Él fue su fiel acompañante desde el principio y aunque en algún momento ambos se separaron para seguir sus propios llamados de fe, el amor de Dios fue lo que los mantuvo unidos.
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Aguirrezábal, A. (1925). Los hermanos de Santa Teresa en América. En M. M. Pólit Laso (Ed.), Boletín de la Arquidiócesis de Quito. Imprenta del Clero. Edición digital disponible en la Colección Digital UANL.










