"Oro precioso y reluciente de tiempos remotos..." Así comienza el magnífico libro Oro precolombino del museo secular, presentado el 27 de noviembre en los Museos Vaticanos, editado por Jean-François Genotte. Una presencia inesperada en los museos papales: ¿qué hacen en Roma estos amplios pectorales de aleaciones relucientes, con sus picos de águila cincelados, estas enigmáticas figuras —deidades, hombres-pájaro, jefes o chamanes— de épocas y tierras muy lejanas?
En los últimos años, las colecciones de "arte primitivo" de los museos occidentales han sido objeto de críticas. Algunos países o descendientes de pueblos indígenas han cuestionado las condiciones en las que se reunieron estas colecciones y han exigido con frecuencia su restitución. Estas tensiones poscoloniales no han perdonado a las colecciones papales, como lo demuestra la reciente donación de 62 objetos indígenas de Canadá, aunque, en este caso, no se puede hablar de restitución.

El oro precolombino de los Museos Vaticanos proviene principalmente de la gran civilización muisca, la que inspiró el mito de El Dorado —en realidad, un ritual chamánico— y que gobernó lo que hoy es Colombia. En esta región, los conquistadores españoles realizaron un verdadero saqueo que llenó los tesoros de los gobernantes europeos. Pero el oro precolombino que se exhibe en los Museos Vaticanos cuenta una historia muy diferente.
El genio de los pueblos indígenas
Los primeros en traer artefactos precolombinos a Roma fueron los frailes dominicos españoles, misioneros en el Nuevo Mundo. El cargamento llegó en 1531 con el padre Domingo de Betanzos, quien visitaba Roma para convencer al papa Clemente VII de que concediera la independencia a su provincia en México.
¿Por qué este fraile ofreció al pontífice objetos que atestiguaban lo que la Iglesia consideraba idolatría? "Se hace hincapié en su extraordinaria calidad técnica, que demuestra que los indígenas no carecían de ingenio", subraya Davide Domenici, de la Universidad de Bolonia. "Esto da testimonio de la racionalidad y la humanidad, y por lo tanto de la posibilidad de conversión", explica.
Esta afirmación no era evidente para la Iglesia en aquel entonces: solo seis años después, en 1537, el Papa Pablo III, en su bula Sublimis Deus, pidió a los misioneros que evangelizaran a las poblaciones indígenas de América, condenando al mismo tiempo su esclavitud. Las donaciones de los dominicos, destinadas a apoyar la labor misionera, continuaron hasta 1564, con las que trajo el padre Juan de Córdova.

Con esto en mente, a lo largo de los siglos, numerosos objetos de Sudamérica fueron traídos a los papas y finalmente pasaron a formar parte de las colecciones de la Biblioteca Vaticana. Este es el caso, por ejemplo, de las invaluables máscaras y estatuillas de madera de la cultura Tayrona, un pueblo precolombino de Colombia, traídas en 1692 por el fraile agustino Francisco Romero, quien obsequió estos artefactos chamánicos al Papa Inocencio XII.
La construcción de la América moderna
Un siglo después, la perspectiva comenzó a cambiar, como lo demuestran los estudios pioneros del padre José Domingo Duquesne, hijo de inmigrantes franceses en Colombia, quien publicó los primeros estudios sobre la gramática y el calendario muisca, evidencia de la existencia de una civilización antigua, compleja y estructurada en Colombia.
La idea, enfatiza Davide Dominici, era aprovechar este "mito muisca" para crear una "historia patriótica" y, por ende, un "discurso nacionalista", desvinculado de la lealtad a la corona española, que tomaría forma a partir de 1810 con el inicio de las Guerras de Independencia hispanoamericanas.
El patrimonio muisca se convirtió así en "prueba de la grandeza pasada" de Colombia, que obtuvo su independencia en 1819, y se convertiría en el "centro de una política diplomática cultural", explica Davide Dominici. El trabajo de Jean-François Genotte, asistente del Departamento de Colecciones Etnológicas Anima Mundi de los Museos Vaticanos, tiende a demostrar que la mayoría de los objetos que conservan los Museos Vaticanos fueron donados por el gobierno colombiano para la exposición vaticana organizada en 1887-1888 por el Papa León XIII con motivo del jubileo sacerdotal del pontífice.
En 1893, con motivo del 400 aniversario del "descubrimiento" de América, Miguel Antonio Caro, entonces vicepresidente de Colombia, obsequió tres pectorales de oro a León XIII, que hoy constituyen las joyas de la corona de la colección vaticana.
"Hoy podemos imaginar que al menos uno de estos pectorales, salvado de la fiebre del oro de los conquistadores, fue usado alguna vez por un gran gobernante muisca, probablemente durante la ceremonia de El Dorado", se maravilla Jean-François Genotte. Su preservación, enfatiza el francés, fue posible gracias a las relaciones diplomáticas del Vaticano con la naciente Colombia, pero también al "interés de los pontífices por las culturas no europeas".












