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Juicio final: ¿es arrogante ser demasiado confiado?

Un ange de la crèche de Notre-Dame de Paris.

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Valdemar de Vaux - publicado el 09/12/25
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El Adviento es, ante todo, un momento para que los cristianos recuerden que su vida está orientada hacia el regreso de Cristo en el Juicio Final

"Esperamos que se cumpla esta feliz esperanza, la venida de Jesucristo, nuestro Salvador", se dice en la Misa, justo después del Padre Nuestro. Esta venida (adventus, en latín), que da nombre al tiempo litúrgico del Adviento, es la del regreso definitivo del Mesías. En otras palabras, el Juicio Final.

Una herejía actual: apocatástasis

La espera, actitud espiritual de este comienzo del año litúrgico, está efectivamente orientada hacia el futuro, aunque se nutre de las promesas de la Antigua Alianza y de la llegada, en el tiempo y en el espacio, del Verbo hecho carne. Así, cada fiel puede preguntarse, al comenzar el camino hacia la Natividad: ¿estoy preparado para el Juicio y es normal tener confianza?

"Velen, pues, porque no saben en qué día vendrá su Señor" (Mt 24, 40), aconseja Jesús a los discípulos en el evangelio del año A. ¿Debemos entonces tener un miedo terrible al Juicio? Algunos de nuestros predecesores en el seguimiento de Cristo temían este acontecimiento final, con el riesgo de no ver más que la misericordia de Dios.

Esa época pasada ha dado paso a otro defecto, incluso a una herejía: la apocatástasis o, en la cultura popular, "todos iremos al paraíso".

Esperar el juicio con conciencia y confianza

Unción y fuerza de Dios

Como ya enseñaba Aristóteles unos siglos antes del Salvador, la verdad se encuentra en un justo equilibrio entre dos extremos. Por un lado, el menosprecio de uno mismo o del Señor, que hace temer lo peor: nunca seré digno de vivir junto al Padre; el Creador es celoso de su amor, nuestro Dios es un Dios vengativo.

Por otro lado, la presunción: no veo qué me aleja de Dios; ¿dejaría el Padre que uno de sus hijos se perdiera? En medio, la Escritura y la Tradición, que no se pronuncian sobre la salvación personal, rechazan la apocatástasis y profesan una única esperanza: Dios quiere que todos los hombres se salven.

Por lo tanto, el Juicio rima con conciencia y confianza. Cada uno está invitado a ser consciente de que la libertad que el Creador da a sus criaturas es una responsabilidad y que los actos realizados serán juzgados por el amor que hayamos puesto en ellos. En un movimiento paralelo, aunque aparentemente contrario, cada uno debe entregarse a la gracia.

San Ignacio resume esta línea divisoria del cristiano en sus Ejercicios: "Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios". El orgullo en cuanto al Juicio no se sitúa tanto en la confianza en sí misma como en el objeto de esta: ¿de mí mismo o de Dios, que es el único autor de la Salvación?

La penitencia como anticipación

A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica precisa que "el Hijo no ha venido a juzgar, sino a salvar" y que "cada uno se juzga a sí mismo al rechazar la gracia en esta vida2 (§679).

Y recuerda un lugar muy concreto donde se experimenta el juicio, para anticipar en esta vida esa realidad venidera: el sacramento de la reconciliación. "Al convertirse a Cristo mediante la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida y "no está sujeto al juicio2 (Jn 5, 24)" (§1470). Confianza, pues, Él te llama.

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