Con los años, la carta de al Niño Jesús en Navidad se ha hecho más discreta, pero no menos sincera: seguimos pidiendo cosas. Regalos que caben en un sobre mental —una colonia, unos zapatos, una escapada, un libro— y otros que no se escriben pero se desean con la misma intensidad: compañía, consuelo, certezas, un poco de luz en días espesos.
Son las cartas de los adultos, que ya no dibujan muñecos en los márgenes, pero siguen teniendo el corazón lleno de deseos humanos. Entre esos deseos, hay uno que casi nunca ponemos por escrito, quizá porque no se envuelve, no ocupa espacio y no se compra.
Una carta: un suspiro especial

Un regalo que se puede pedir tantas veces como haga falta, que no exige rellenar formularios, ni dar datos personales, ni contestar encuestas. Es gratuito, inmediato y, además, inagotable. Ese regalo es la fe.
La fe cambia el enfoque de la vida porque nos recuerda algo decisivo: que el final de nuestra película siempre acaba bien. Aunque el argumento nos tenga en vilo, aunque haya capítulos confusos, aunque parezca que la trama se nos escapa, la fe nos sostiene en la certeza de que la historia está pensada para un desenlace luminoso.
Solo hay que perseverar
La fe, además, nos da un descanso que no es evasión, sino verdad. Nos hace conscientes de que no está sobre nuestros hombros el éxito o el fracaso, igual que una preocupación no baja por sí misma la fiebre de un hijo. La fiebre bajará cuando el cielo lo tenga previsto; preocuparse no acelera nada.
La fe nos sitúa en nuestro papel secundario cuando las cosas salen bien: reconocemos sin dudar que el copyright lo tiene el Espíritu Santo, y eso nos libra de vanidades y vértigos. Y sí: la fe nos hace menos pesados. Porque cuando pedimos algo a Dios una sola vez, sabemos que ya nos ha escuchado, y que, si conviene, lo concederá cuando sea oportuno, sin necesidad de reproches, insistencias ansiosas o dramatismos.
Cristo está siempre con nosotros
Con fe también desaparece la soledad real. Aunque tus vecinos pasen de largo, aunque el mundo te ignore un lunes cualquiera, sabes que cuentas con todos los empadronados en el cielo, que no fallan, que acompañan sin hacer ruido, que velan con lealtad.
Dios nos repara y olvida nuestros errores

Tus errores del pasado ya no son veneno: se transforman en medicina que cura, que ayuda a crecer. La belleza se vuelve disfrutable sin esclavizarte a ella: la contemplas, la agradeces y la dejas ir sin miedo.
Y el corazón, al fin, se siente saciado, porque descubre que solo Dios basta y no necesita llenarse de sucedáneos temporales para sentir plenitud.
Un regalo maravilloso dado por Dios
Lo mejor de todo es que este regalo no se queda en uno mismo. La fe se pide para ti, pero también se puede pedir para todos los que te rodean. Para tus hijos, tus amigos, tu familia, para quien no la tiene o la perdió por el camino.
Este año, entre los regalos de siempre, conviene pedir el más valioso y más gratuito de todos: que aumente la fe. A todos. Porque realmente, no hay mejor regalo.












