Este lunes 1 de diciembre, en el segundo día de su viaje al Líbano, el Papa León XIV visitará la tumba de san Charbel, monje ermitaño maronita del siglo XIX y gran santo taumaturgo, en el monasterio de San Marón, en Annaya. Un gesto significativo que no solo refleja el apego del Papa al monje libanés, sino que también simboliza el vínculo que la Santa Sede mantiene con la comunidad maronita, la más importante comunidad cristiana del Líbano.
En la iconografía tradicional, san Charbel siempre aparece con los ojos cerrados. Con el rostro enmarcado por una barba blanca y una capucha negra, rodeado por el halo de la santidad, san Charbel tiene efectivamente los ojos cerrados, como si estuviera rezando.
"San Charbel era un monje ermitaño, y los ermitaños maronitas no miran a los fieles que los visitan, sino que son sus servidores", explica a Aleteia Mons. Samer Nassif, corobispo de la diócesis de Sidón, en el Líbano. En esto obedece a la regla de la ermita maronita, según la cual los monjes ermitaños recibían a sus visitantes con una actitud de humilde servidor.
Ermitaño y humilde servidor
Desde san Marón, y tal y como ha perpetuado la tradición, los ermitaños del monacato maronita oriental no viven aislados del mundo: las mañanas están reservadas para la Misa y la oración, pero las tardes están marcadas por las visitas de los fieles, que acuden en busca de consejo, una bendición o una palabra de vida.
"El monje maronita es como un servidor, pregunta a sus visitantes: "¿Qué puedo hacer por ti?". Es una de las particularidades del monacato maronita oriental, y esta forma de vida monástica ha contribuido a difundir el cristianismo en Oriente Medio", subraya el corepís maronita.
El ermitaño maronita tampoco vivía ajeno a los sufrimientos del mundo, sino todo lo contrario. Charbel Makhlouf no ignoraba, en aquella época, las violentas persecuciones contra los cristianos maronitas en el Monte Líbano. Tenía 32 años cuando se produjo la masacre de maronitas en 1860.
"San Charbel está en el mundo, en la medida en que sufre con su pueblo y reza por él, pero no es de este mundo", asegura Mons. Samer Nassif. "Tiene los ojos cerrados porque está vuelto hacia Dios, pertenece al Cielo".
Sus ojos cerrados evocan su desapego del mundo. "Renunció a la riqueza y la gloria de este mundo para seguir a Dios, ni siquiera quería ningún poder en su comunidad". Al entrar en el monasterio, solo buscaba "la gloria de Dios" y "la salvación de [su] alma".











