Su nombre es Rosalina Aguilera Calderón y es una mexicana nacida en Guanajuato, cerca de la ciudad de Moroleón; pero, desde que era pequeña, se fue con su familia a vivir a la ciudad fronteriza de Mexicali, estado de Baja California.
El testimonio de los que sufren
Allá estudió y trabajó como enfermera en el IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social) y se dio cuenta de que los pacientes tenían una fuerte experiencia de encuentro con Dios.
"En mi profesión, no es mucho lo que yo hago para que ellos se acerquen a Dios; más bien, son ellos los que dan testimonio del encuentro que experimentan con Dios dentro del dolor y la enfermedad".
Eran los años 70 y Rosalina, como católica practicante, además de ser profesionista, era la encargada de los catequistas.
En cuanto a su empleo, hacía de todo: "Bajábamos por las pacientes a la sala de quirófano, los trasladábamos en la camilla, los pasábamos a su cama, hacíamos lista de dietas, nos encargábamos de la aplicación del tratamiento indicado por los médicos... Hacíamos de todo, dependiendo del lugar donde estuvieras en el servicio: urgencias, pediatría, ginecología, obstetricia. Tu servicio no estaba tan separado como hoy, que hay camilleros y están muy especificadas las funciones de la enfermera; en aquel entonces tú hacías de todo y no le tenías miedo a la sangre".
La belleza de dar a luz

Rosalina recuerda que en el IMSS le tocó, lo mismo estar en quirófano, que en sala de partos. "Y me encantaba ese servicio, el de acompañar a las señoras en su proceso de dar a luz y ver el milagro de la vida. Era algo extraordinario ver el dolor de la señora en el momento del parto y la alegría de ver a su hijo, que le hacía olvidar lo que acababa de sufrir".
"Fue una experiencia muy, muy bonita; sin embargo, yo nunca anhelé ser madre físicamente, pues tengo muy claro que mi misión es dar vida espiritualmente a otros".
"Y lo hice muy consciente, diciéndole a Jesús: 'Sí, me hiciste capaz de dar vida físicamente; pero elijo dar vida espiritualmente a los demás porque, cada vez de que hablo a alguien de Ti, estoy dando vida espiritual al otro'. Tengo muy claro eso y soy feliz".
Una vida muy fecunda

Fue por ello que ingresó a la congregación religiosa de las Hijas del Espíritu Santo, donde profesó sus votos hace 40 años.
"Hoy tengo 69 años y sé que mi vida religiosa ha sido muy fecunda en la vida de otros, pues el Señor me ha permitido ver muchos frutos en muchos sacerdotes o en los que todavía van en camino formativo".
"Recuerdo una frase de nuestro fundador, el padre Félix de Jesús Rougier, MSpS; en su Carta Magna para nosotras, las Hijas del Espíritu Santo, decía que una nación sin sacerdotes es una nación muerta. Y hoy, más que nunca, necesitamos que los sacerdotes nos hagan presente a Jesús. Y también necesitamos mujeres en el matrimonio de la vida consagrada, con un corazón maternal sacerdotal, que cultiven en los demás esa vocación y ese amor por Jesús Sacerdote y por los sacerdotes".
"Nuestro compromiso de oración es por su fidelidad y su santidad".
Jugarse la vida por Jesús

La hermana Rosalina culmina con esta invitación: "Hay que abandonarse más a la acción y a la presencia del Espíritu Santo. Díganle que Él, como el Amor que es, nos enseñe a amar a los demás y nos ayude a madurar y educar nuestra afectividad para que, desde el amor a Dios, a nosotros mismos y a los demás, seamos capaces de jugarnos la vida por Jesús en favor de los otros".
Y a los sacerdotes y demás consagrados les dice: "Busquen los espacios de encuentro con Jesús, porque la oración cura y llena todas nuestras necesidades y nuestras enfermedades".
"Distingan en su vida que no es lo mismo una profesión que una vocación, y dense la oportunidad de responderle a Dios y de ser felices".
La Madre Rosalina termina con una petición especial, que las jóvenes se den la oportunidad de conocer la vida religiosa y consagrarse para orar por los sacerdotes y sus necesidades.
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