Gan, investigadora doctoral de la Universidad Simon Fraser, ha materializado los hallazgos de su laboratorio, que indican que la música activa múltiples regiones cerebrales responsables de la memoria, el movimiento, la emoción, la recompensa y la empatía. La música sacra —definida en un sentido amplio, desde el canto llano hasta el jazz o el góspel, siempre que realce la liturgia y fomente la reflexión espiritual— puede tener efectos positivos aún más profundos, pero estos son difíciles de medir objetivamente debido a la naturaleza subjetiva de las experiencias espirituales.
Prevención cerebral
En sus investigaciones y conferencias, incluyendo su presentación sobre la neurociencia de la música sacra, Gan demuestra que la música no solo estimula la función cognitiva, sino que también fortalece los lazos sociales, lo cual es crucial para prevenir enfermedades neurológicas como el Alzheimer. La práctica médica contemporánea en Montreal incluso llega a recomendar la música como una forma de terapia para personas mayores: los médicos prescriben conciertos sinfónicos como tratamiento para mejorar la calidad de vida y la función cerebral.
Gan, pianista y profesora de música de gran talento, combina la reflexión académica con la práctica musical y espiritual. Considera su ministerio musical en la iglesia como una forma de oración y fortalecimiento de la fe, y sus actividades influyen positivamente tanto en el desarrollo académico como en el espiritual. Su investigación y práctica demuestran que la música sacra ofrece un vínculo singular entre la biomecánica cerebral y la espiritualidad interior, brindando beneficios para la salud y el bienestar espiritual en múltiples niveles.
Cosas antiguas y nuevas
Podría decirse que este es otro ejemplo de cómo el conocimiento ancestral —en este caso, sobre la importancia de la música para nuestra salud y percepción— se está redescubriendo, en cierto modo, en un contexto científico. En descubrimientos como el de Kathlyn Gan, vemos, como a través de una lente, las suposiciones erróneas del pasado, según las cuales, para adquirir un conocimiento empírico, racional y certero, debíamos abandonar el conocimiento tradicional. La razón se entrelaza inevitablemente con las tradiciones, y su rechazo mecánico también —como presagio— la incapacita.











