Poemen el Grande, cuyo nombre significa en griego pastor o pastor, fue un padre del desierto de los siglos IV y V. Es el abba (padre) más citado en los Apotegmas de los Padres del Desierto. En uno de sus apotegmas, evoca el "veneno de los ángeles malvados" que afecta a los monjes:
«Está escrito: “Como el ciervo brama por las fuentes, así clama mi alma por ti, Dios mío” (Sal. 42, 1). En la soledad, los ciervos comen muchas serpientes, y como el veneno les quema, se apresuran a llegar al manantial; el ardor del veneno se calma cuando beben. Lo mismo ocurre con los monjes que habitan en el desierto. El veneno de los ángeles malos los quema: por eso, los sábados y domingos, anhelan acercarse a las fuentes que son el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, y ser purificados de toda la amargura de los ángeles malos» (Poemen, 30).
La omnipresencia de los ángeles malvados
El comentario que hace el abad Poemen (o Pastor, es el mismo nombre) sobre el primer versículo del Salmo 41 (42) es muy bonito: esos ciervos sedientos son nuestros modelos, tienen sed del Agua viva que brota del costado de Cristo.
Pero la aplicación que propone el gran anciano nos sorprende: los monjes que habitan en el desierto se enfrentan constantemente a los ángeles malvados y acaban absorbiendo veneno, por lo que tienen sed y anhelan encontrar en la Eucaristía dominical la purificación que les libere de la amargura contraída al entrar en contacto con los demonios.
¿Qué podemos decir nosotros, que vivimos en el mundo y tenemos que lidiar constantemente con el Enemigo? Nos cuesta pensar que las almas totalmente dedicadas a Dios estén tan expuestas a la presión de los ángeles malos.
Sin embargo, san Agatón, otro Padre del desierto, nos advierte: "No hay nada más difícil que la oración, porque los demonios no escatiman esfuerzos para interrumpir este medio tan poderoso para desarmarlos".
El remedio contra los demonios
La primera conclusión de este consejo de Poemen es que la lucha está en todas partes. Si la vida monástica no es fácil, ninguna vocación cristiana se libra de ella. No se entra en un convento para estar a salvo, del mismo modo que la vida conyugal no es garantía de equilibrio y virtud tranquila.
La segunda lección es la siguiente: para todos, la Eucaristía es el remedio: nos mantiene preparados para la lucha, al tiempo que es el dulce consuelo de nuestros esfuerzos por seguir a Cristo.











