¿Conoces esa música que acerca a Dios uniendo virtud y belleza? Enseñó sobre ella el reconocido compositor romántico Santiago de Masarnau a través de sus obras musicales, sus escritos y su pedagogía.
En uno de sus artículos publicada en la revista “El Artista” el año 1835, este artista español, reconocido hoy como venerable por la Iglesia católica, profetizaba que esa música “verdadero idioma de ángeles llegaría a serlo de hombres”.
A ello se entregó en cuerpo y alma tras vivir una profunda experiencia de conversión en París la Cuaresma del año 1838.
Desde entonces dedica a esa “música divina” todo su talento, mostrado desde su infancia, y sus amplios conocimientos, adquiridos en años de estudio con los mejores compositores de su época.
Para conseguirla, forma coros, compone música religiosa y desarrolla, aplica y difunde un método pedagógico.
Música que eleva
Masarnau quiere ofrecer una música que logre “inspirar, elevar la imaginación, dilatar el alma, en una palabra, cambiar la esencia del hombre convirtiendo uno de hueso y carne en otro de éter y fuego”.
No se trata de un entretenimiento, una distracción, una demostración para admirar a un artista o un mero objeto de lucro.
Lo resume la doctora en musicología Beatriz García Álvarez de la Villa en el artículo “Santiago de Masarnau: pensamiento crítico del romanticismo cristiano”, editado por la Sociedad de San Vicente de Paúl en España.
Según Masarnau, el intérprete debe sentir lo que trata de transmitir. “Es indispensable para sentir estar dotado de cierta elevación de ideas, cierta pureza de corazón; cierta fe en la virtud”, enseña.
Y debe expresarlo de manera directa y sencilla. “En igualdad de circunstancias, el que cante o toque con más naturalidad y sencillez debe merecer la preferencia”, opinaba.
En esta música, la palabra fija determina la idea, mientras que la música la inspira. Eso ayuda a elevar el pensamiento y propicia la comunión y la paz. Santiago lo expresaba así: “Las palabras son el alma de la música vocal, y el principal mérito de esta consiste en la expresión de aquellas”.
Este tipo de arte lo hace posible: “el alma, en el acto de recogimiento, contempla la belleza divina que irradia de Dios”, escribe en su diario el músico español.
La transformación de Santiago
La conversión de Masarnau transformó su faceta profesional. Su música, con su capacidad de elevar a la persona y a la sociedad, quedó al servicio de la liturgia.
Sus “Letrillas religiosas puestas en música” y sus misas son algunas de las muchas obras de música sacra que compuso en esa época:
Su transformación espiritual cambió totalmente su vida: a partir de entonces, Santiago la convirtió en oración y optó por dar preferencia en ella a los pobres.
Se dedicó a enseñar música especialmente a los hijos de familias con pocos recursos económicos convencido de que “hay que elevar al hombre al nivel del arte en la educación”. En sus coros y clases potenciaba el desarrollo afectivo, estético y cognitivo de sus alumnos y alumnas.
En un artículo en la revista El Artista destacó el potencial de este servicio social al comentar un concierto de unos 6.000 niños pobres de escuelas parroquiales en la catedral de Londres el año 1833.
“No es posible dejar de conmoverse profundamente al oír ciertos versículos y sobre todo el salmo 99 de la vulgata latina o 100 del texto hebreo: Jubilate Deo omnis terra, cuyas ideas se adaptan de tal modo a esta ocasión que parece escrito expresamente para ella”.
Además, Masarnau visitaba periódicamente hogares de personas necesitadas para ayudarlas.
Se comprometió con la Sociedad de San Vicente de Paúl, que acabó introduciendo en España el año 1849 y presidiendo en el país.












