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¿Divorcias la fe de tu vida ordinaria y no lo sabías?

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Mónica Muñoz - publicado el 06/11/25
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Si eres de los que piensan que en la casa, el trabajo y la iglesia hay que comportarse de diferente manera, tal vez divorcias tu fe de la vida ordinaria.

Los domingos vas a Misa y entre semana trabajas, convives con tu familia y quizá salgas con los amigos a relajarte del estrés que te genera el tren de vida que llevas. Pero tu comportamiento es distinto y se acomoda con el lugar en el que te encuentras, de tal manera que la fe que profesas no se puede distinguir mas que en el templo. ¿Acaso divorcias la fe de tus actividades cotidianas?

Sincérate contigo mismo

PRUDENCE

A veces solo falta hacer algunas pruebas sencillas: En el trabajo sientes que no es prudente que se enteren de que eres cristiano, por eso no lo comentas. Y menos lo demuestras. Tu lenguaje cambia y se adapta a tu entorno, aunque no sea el más correcto. Te avergüenza que sepan que eres católico y prefieres no divulgarlo.

Y tal vez tu comportamiento no sea el más transparente, al fin y al cabo, "todos lo hacen" y caes en situaciones que, si te descuidas, pueden orillarte a pecar de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Con tus amistades mantienes conversaciones insanas, asistes a espectáculos inmorales y planeas "escapadas" discretas para que no se entere tu familia. Te crees buen amigo porque sabes que tus compañeros mantienen actividades ilegales o son infieles a sus cónyuges y tú se lo solapas.

Y con tu familia eres grosero y distante, pierdes fácilmente la paciencia y te niegas a pedir perdón. ¿Y qué decir de tus redes sociales? Eres completamente diferente a la persona que sueles presentar en vivo. Pero eso sí, vas a Misa todos los domingos y hasta comulgas.

Acaba con ese divorcio

familia

Lamentablemente, este es el retrato de muchas personas que se dicen católicas. El contraste entre su vida cristiana y la vida ordinaria es enorme. Han cavado una brecha que solo será posible cerrar con una verdadera conversión del corazón.

Recordemos que Cristo nos quiere de una pieza, y si dividimos nuestra manera de ser conforme a nuestras facetas resultará que nunca seremos cristianos de cuerpo entero.

El apóstol Santiago alerta sobre esta manera de ser cristianos de dientes para afuera:

Si alguien cree que es un hombre religioso, pero no domina su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vacía. (Sant 1, 26).

Así mismo, este divorcio entre la vida ordinaria y la vida cristiana terminará mal, si no corregimos el rumbo. Quien desee ganar el cielo tendrá que hacer un serio examen de conciencia para eliminar lo que le separa de Dios.

Por supuesto que requiere de esfuerzo diario y una buena dosis de oración y sacramentos, especialmente de confesión y Eucaristía. Y mucha fuerza de voluntad para alejarse de lo que daña su salud espiritual.

Hagamos caso al santo Santiago que nos aclara cómo hay que proceder:

Dejen de lado, entonces, toda impureza y todo resto de maldad, y reciban con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvarlos. Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos (Sant 1, 21.22).

Que Dios fortalezca nuestra decisión de acabar con ese divorcio.

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