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Ecumenismo, ¿qué sí es y qué no es?

Pope Francis Vigil Prayer Protestants and Orthodox St. Peter's square
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Luis Carlos Frías - publicado el 30/10/25
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Ante la inquietud causada por los encuentros ecuménicos sostenidos en el Vaticano y previstos para el primer viaje apostólico que realizará el Santo Padre a Turquía y el Líbano, ¿qué es el ecumenismo y cómo se expresa en la doctrina católica?

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El Decreto Unitatis redintegratio, del Concilio Vaticano II, sobre el ecumenismo (21 noviembre 1964), nos ofrece una clara orientación acerca de este tema. Este Decreto ha sido base de otros documentos como la Carta encíclica Ut unum sint, de san Juan Pablo II, sobre el empeño ecuménico (25 mayo 1995); así como faro en la celebración de los encuentros ecuménicos llevados a cabo por los papas post conciliares, san Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV; y guía en sus mensajes y discursos pronunciados a este propósito. Cabe precisar que el ecumenismo no es fruto conciliar, sino que este le vino a dar un nuevo impulso misionero. Los papas anteriores también celebraron encuentros ecuménicos, fundados en la natural vocación a la unidad de toda la Iglesia de Cristo a la que ellos, en primer lugar, fueron llamados a servir en su ministerio petrino.

Etimología de ecumenismo

Ecumenismo tiene como origen la voz griega οἰκουμένη que significa, literalmente, tierra habitada. Tal significado lleva a concluir que el destinatario de la voz y misión de la Iglesia es todo el mundo; es decir, todas las personas. En efecto, la Iglesia tiene una vocación universal (esto significa ‘católico’). Su palabra y misión están dirigidas, naturalmente, no sólo a sus hijos que se encuentran en el redil eclesial, sino a todas las personas, incluso las que no comparten nuestro mismo credo. Esto es así ya que la Iglesia de Cristo, siendo una y única, no puede sino llamar a todas las personas, con solícito celo apostólico y pastoral, a la unidad en Jesucristo en el seno de su Iglesia católica.

En la práctica, la palabra ecumenismo tiene, también, una segunda acepción; a saber, la tendencia a la restauración de la unidad perdida con las iglesias cristianas; particularmente las ortodoxas y anglicana; y por extensión –aunque no son propiamente iglesias– las comunidades cristianas nacidas de la Reforma que comparten el bautismo trintario.

La Iglesia de Cristo: una y única

La voluntad de Dios Padre al enviarnos a su Hijo fue la redención de todo el género humano. Este hecho sienta el precedente de la vocación a la unidad de todos en Cristo redentor. Prueba de ello es la oración que nuestro Señor ofrece al Padre momentos antes de su pasión: "Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mi y yo en tí, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado" (Jn 17, 21-23).

Con tal precedente, no es extraño que el apóstol Pablo, lleno del Espíritu Santo derramado en Pentecostés, exhorte a la naciente Iglesia en estos mismos términos de unidad: "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Ef 4,5). Esta unidad de la Iglesia, imagen y fruto de la unidad trinitaria, la reconoce Unitatis redintegratio (UR), en la constitución jerárquica y misión de la Iglesia:

“Para el establecimiento de esta su santa Iglesia en todas partes y hasta el fin de los tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar. De entre ellos destacó a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe; a él prometió las llaves del reino de los cielos y previa la manifestación de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe y las apacentara en la perfecta unidad, reservándose Jesucristo el ser El mismo para siempre la piedra fundamental y el pastor de nuestras almas” (n. 2).

En consecuencia, todo ecumenismo tiende naturalmente al restablecimiento de la unidad de la Iglesia según el orden divino señalado en la Palabra, corroborado en la Tradición e instruido en el magisterio.

Las Iglesias cristianas no católicas

La Iglesia lamenta el pecado de la división, al tiempo que extiende sus brazos para alcanzar a todos los bautizados, incluso aquellos que se encuentran separados por defecto humano histórico, pero unidos por la gracia sacramental del bautismo.

“En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, se efectuaron algunas escisiones que el Apóstol condena con severidad, pero en tiempos sucesivos surgieron discrepancias mayores, separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades, a veces no sin responsabilidad de ambas partes. pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor; puesto que quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica” (UR, n. 3).

La plenitud de los medios para la salvación

La Iglesia, fiel a su vocación, no cesa de llamar a la unidad puesto que es sacramento de salvación. Su celo apostólico la lleva a procurar la unidad a fin de que ningún alma se pierda (Cf. 2 Pe 3, 9; Mt 18, 12-14):

“Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. Pueblo que durante su peregrinación por la tierra, aunque permanezca sujeto al pecado, crece en Cristo y es conducido suavemente por Dios, según sus inescrutables designios, hasta que arribe gozoso a la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial” (UR, n. 3).

Todos estamos llamados al trabajo ecuménico

Vista la voluntad de Dios a la unidad, es menester que todos los fieles colaboremos con nuestros pastores en la empresa ecuménica. Lo podemos hacer de diversa manera:

a) Evitando palabras, juicios y actos ajenos a la justicia y la verdad ya que todo esto en lugar de unir, acentúa la distancia.

b) Dialogando con respeto, caridad y verdad, conscientes de que esta última no se impone, sino que se comparte gozosamente, dando razón de ella y testimoniando el fruto de paz y caridad consecuentes.

c) Orando con y por los hermanos y comunidades separadas.

d) Orando con y por el Santo Padre y los Obispos en comunión con él, para que el Espíritu Santo les continúe animando y conduciendo en su misión ecuménica.

e) Evitando el participar en acciones –principalmente publicaciones en redes sociales– y asociaciones que promueven la separación y critican –incluso, condenan– al Papa y los Obispos por su acciones pastorales en orden al ecumenismo.

f) Y principalmente, testimoniando el don inestimable de la unidad por el bautismo en la Iglesia de Cristo:

“Pues, aunque la Iglesia católica posea toda la verdad revelada por Dios, y todos los medios de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente con todo el fervor, hasta el punto que la faz de la Iglesia resplandece menos ante los ojos de nuestros hermanos separados y de todo el mundo, retardándose con ello el crecimiento del reino de Dios. Por tanto, todos los católicos deben tender a la perfección cristiana y esforzarse cada uno según su condición para que la Iglesia, portadora de la humildad y de la pasión de Jesús en su cuerpo, se purifique y se renueve de día en día, hasta que Cristo se la presente a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga” (UR, n. 4).

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