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Cuatro temas que trató Juan Pablo I en sus audiencias

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Mónica Muñoz - publicado el 21/10/25
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En su brevísimo pontificado, el beato Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, trató cuatro temas en sus audiencias generales que bien merecen reflexionarse

El pasado 28 de septiembre se cumplieron 47 años de la muerte del beato Juan Pablo I, un papa cercano, amable y humilde que quiso retomar las virtudes teologales, enseñanzas básicas para cualquier católico, durante las únicas cuatro audiencias generales que pudo compartir con el mundo desde el Vaticano.

Por eso, merecen reflexionarse y llevarlas en la memoria para hacerlas vida, como recomendó el gran Albino Luciani.

La gran virtud de la humildad

El miércoles 6 de septiembre de 1978, el Santo Padre habló de la humildad y comenzó con una frase que denota que re3almente la vivía, al dirigirse a obispos y cardenales:

 Yo soy sólo su hermano mayor.

Elogió a san Pablo VI, expresando que quería imitarlo al continuar con las audiencias de los miércoles "con la esperanza de poder yo también ayudar de alguna manera a la gente a hacerse más buena".

Habló del cuidado del cuerpo y el cumplimiento de los mandamientos. Aprovechó la presencia de un grupo de monaguillos de Malta para poner de relieve la atención a los padres ancianos:

El Señor ha dicho que los padres deben ser respetados y amados, también cuando son ancianos.

Luego habló del respeto a los superiores y el trato a los iguales en donde destacó las virtudes de la justicia y la caridad, sobre todo las "caridades menudas" como demostrar agradecimiento.

En casa todos tenemos alguna persona que espera un detalle nuestro.

Mencionó además a los niños, los enfermos, y hasta los pecadores porque después de arrepentirse llegan a ser humildes.

La virtud teologal de la fe

26 Août 1978: Election de Card. Albino LUCIANO sous le nom de Jean-Paul Ier, Rome, Vatican. 1978, August 26: Card. Albino Luciani is elected as John Paul Ist, Vatican.

La segunda audiencia del miércoles 13 de septiembre de 1978 fue dedicada a la virtud teologal de la fe, una de las siete lámparas de la santificación a las que hizo referencia san Juan XXII. Ahí comentó:

A ver si hoy el Espíritu Santo ayuda al pobre Papa a explicar al menos una de estas lámparas, la primera, la fe.

Puso como ejemplo la confianza depositada en una ancianita ciega que servía de guía a un hombre perdido en la noche para cruzar el bosque.

Luego fue el ejemplo de san Pablo, a quien el Señor escogió:

"Yo soy Jesús a quien tú persigues. Tengo mis planes sobre ti. Es necesario que cambies”

Esto es la fe, comentó: "rendirse a Dios, pero transformando la propia vida".

 Expuso también cual es el papel de la jerarquía de la Iglesia:

Cuando el pobre Papa y cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es una doctrina nuestra, es la de Cristo, sólo tenemos que custodiarla y presentarla.

Agregó que cuando se inauguró el Concilio Vaticano II, san Juan XXIII dijo: "Esperamos que con el Concilio la Iglesia dé un salto hacia delante”, refiriéndose a las verdades ciertas e inmutables. "Las verdades están ahí", enfatizó"; "nosotros debemos andar por el camino de estas verdades".

La virtud teologal de la esperanza

La tercera audiencia fue el miércoles 20 de septiembre de 1978 el Papa Juan Pablo II hablo es la virtud de la esperanza "que es obligatoria para todo cristiano", una virtud hermosa, como dijo el salmista:

Más aún, quien la vive, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”.

Y aunque no siempre salgan bien las cosas, dijo el Papa, "se puede aplicar lo que de Abrahán dijo San Pablo: «Creyó esperando contra toda esperanza» (Rom 4, 18) , añadiendo que eso sucede "porque nos agarramos a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas". 

Luego citó una anécdota con una joven que había acudido a confesarse arrepentida de su vida borrascosa, a la que invitó a  que, en vez de pensar en el pasado, "piense en el porvenir y renueve, con la ayuda de Dios, su vida".

Después invitó a ver la verdadera esperanza: la de la eternidad.

La virtud teologal de la caridad

Durante la audiencia del miércoles 27 de septiembre de 1978, la última de su vida y como si se tratara de una despedida del mundo y una bienvenida a la vida eterna, el beato Juan Pablo I comenzó con una oración que le había enseñado su madre y que recitaba muchas veces al día:

«Dios mío, con todo el corazón y por encima de todo os amo a Vos, bien infinito y felicidad eterna nuestra; por amor vuestro amo al prójimo como a mí mismo y perdono las ofensas recibidas. Señor, haced que os ame cada vez más» 

Explicó la oración como "una catequista de pueblo", en donde "amar significa viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado" y que "Amar a Dios es, por tanto, viajar con el corazón hacia Dios. Un viaje precioso".

Pero es un viaje que a veces comporta sacrificios, dijo "pero éstos no nos deben detener". Prosiguió:

Jesús está en la cruz: ¿lo quieres besar? No puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor.

El Papa de la sonrisa también habló de amar a Dios sobre todas las cosas con todo el corazón, del amor al prójimo, especialmente a los que no nos son agradables, de las obras de misericordia corporales y espirituales y del perdón de las ofensas.

Concluyo la catequesis diciendo:

Esto quiere decir amar a Dios no poco, sino muchísimo; no detenerse en el punto a que se ha llegado, sino con su ayuda avanzar en el amor.

Que Dios permita que el beato Juan Pablo I pronto sea canonizado.

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