Aprender a agradecer es una costumbre de urbanidad y exquisita educación, no cabe duda. Pero en el ámbito espiritual, es ir más allá de una simple regla de etiqueta, se trata de reconocer la mano de Dios en todo lo que recibimos y tratar con delicadeza a nuestros semejantes.

Una importante actitud
No podemos negar que cuando alguien nos agradece por algo, nos sentimos contentos y motivados para continuar haciendo el bien, por pequeño que este sea.
Y quien recibe el beneficio sabe que lo menos que puede hacer es expresar su agradecimiento. Esta es una actitud noble y que ayuda a que las relaciones humanas se afiancen. Y para la gente que tiene fe, es un reflejo del amor de Dios.
Es tan importante el agradecimiento que hasta la santa Misa ha sido llamada por la Iglesia "acción de gracias".
Otra muestra la tenemos en san Pablo, que entendía muy bien el esfuerzo de los colaboradores del Reino de Dios, es decir, aquellos hombre y mujeres convertidos que servían a los demás por amor a Cristo. Por eso, en la primera carta a los Tesalonicenses les pide que los apoyen:
"Les rogamos, hermanos, que sean considerados con los que trabajan entre ustedes, es decir, con aquellos que los presiden en nombre del Señor y los aconsejan. Estímenlos profundamente, y ámenlos a causa de sus desvelos. Vivan en paz unos con otros".
Agradecer siempre
La recomendación del Apóstol bien se puede traducir como agradecimiento. No se trata de envanecer al servidor porque para san Pablo solamente estaría haciendo lo que le corresponde. Sin embargo, es necesario reconocer el bien hecho por los demás.
Por eso, cierra sus exhortaciones con lo que para él es lo más importante:
"Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús".
Agradecer a Dios también significa agradecer a los otros. Es parte del amor que debemos dar al prójimo porque, a través de su generosidad, reconocemos la mano providente del Señor.
No dejemos que la indiferencia o el falso amor propio nos roben la oportunidad de ser agradecidos con Dios y con el prójimo, sobre todo si es de nuestra familia, porque a veces olvidamos que lo que hacemos unos por los otros es prueba del amor que nos tenemos, no de la obligación generada por los lazos que nos unen.
Cultivemos en nuestras relaciones el agradecimiento para dar gloria a nuestro Señor, que nos ama a todos por igual.











