Ser llamado a ser padrino o madrina es una verdadera muestra de confianza, una invitación a acompañar a un niño o a un adulto en el camino de la fe. Pero la Iglesia católica recuerda que este papel no es simplemente honorífico, sino que es una verdadera responsabilidad espiritual hacia los ahijados.
El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que el padrino y la madrina "deben ser creyentes sólidos, capaces y dispuestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino en la vida cristiana" (CEC, §1255).

La misión de un padrino con sus ahijados
Esta misión supone una presencia fiel, una atención espiritual y una constancia en la oración. En otras palabras, no se trata solo de asistir a una celebración y ofrecer regalos una vez al año, sino de establecer un vínculo duradero, acompañar en la fe y dar testimonio del Evangelio con la propia vida. Pero, ¿cuántas veces se puede ser padrino o madrina? ¿Cuál sería el número razonable de ahijados que se puede tener?
"Si bien la Iglesia establece el número de padrinos y madrinas por niño, no dice nada sobre el número de ahijados que estos pueden tener. Pero la práctica y la costumbre demuestran que cuando se tienen demasiados ahijados, se está menos disponible para cada uno de ellos", explica el padre Michel Martin-Prével a Aleteia. Por lo tanto, la pregunta que hay que plantearse no es tanto el número de ahijados que se pueden tener, sino la propia capacidad para asumir este papel cuando son varios.
Hacer hablar a la razón
"Ser padrino o madrina es una hermosa fecundidad espiritual, pero hay que hacer hablar a la razón cuando nos proponen serlo", aconseja el padre Michel Martin-Prével. Esto requiere preguntarse: ¿sabré acompañar a cada ahijado, animarlo en las etapas importantes y, sobre todo, llevarlo en la oración? Si nos dispersamos, corremos el riesgo de convertir una vocación profunda en una simple costumbre familiar o social.

"No se es padrino o madrina para complacer a alguien. Se puede rechazar dando razones", asegura el padre Michel Martin-Prével, añadiendo que el papel de padrino y madrina debe ser ante todo espiritual y no material. Decir "sí" nunca debe ser un reflejo dictado por la cortesía, la amistad o el miedo a decepcionar. Aceptar este papel es comprometerse a ser un compañero de viaje. Y a veces, la respuesta más responsable, incluso la más amorosa, puede ser reconocer que no se puede asumir más.
Tener muchos ahijados no es en sí mismo un obstáculo. Lo que importa es la calidad del vínculo, la fidelidad en la oración, la sinceridad de la presencia. No es el número lo que determinará el valor de este compromiso, sino la profundidad del amor y el testimonio de fe que se transmitirá, con humildad, a lo largo de los años.











