Desde el momento de su concepción, Nuestra Señora ya sabía que su hijo le causaría dolor y tristeza. Por eso su aceptación de la vocación es tan heroica. Sabía que su hijo no crecería como todos los demás niños, no se casaría, no le daría nietos y no iría a visitarla los domingos para cenar. Desde el principio, ya lo estaba perdiendo. Su vida estaba destinada a ser consumida por nosotros.
San Robert Southwell escribe sobre una visión que tuvo el día de Navidad en la que ve al Niño Jesús en llamas. Jesús se vuelve hacia él y le dice: "Mi pecho inmaculado es el horno, las espinas que hieren son el combustible, el amor es el fuego".
Aumentar el amor

El poema de Southwell nos recuerda por qué vale la pena la maternidad y paternidad. El propósito de traer hijos al mundo es aumentar el amor, que es la mayor contribución que cualquiera puede hacer a la bondad y la belleza de la existencia.
Sin embargo, el amor no es gratuito, implica sacrificio, lo que significa que la paternidad abarca la alegría del nacimiento y también la tristeza del sacrificio. Las madres abrazan a sus hijos con fuerza solo para poder dejarlos ir.
El dolor que sintió Nuestra Señora en extremo, todas las madres lo experimentan a su manera. Invierten mucho en los hijos. Los alimentan, los abrazan cuando lloran, los educan. Los fines de semana los pasan enteros en torneos de voleibol, el dinero para gastos se destina a clases extracurriculaes, ropa nueva y comida extra, más paseos.
Los sacrificios de una madre
Todos esos sacrificios... y luego los hijos crecen y se van de casa. Se van a la universidad, quizás consiguen un trabajo en otra ciudad. Conocen a su pareja. De repente ya no están y toda la atención doméstica de sus madres no tiene salida. La relación cambia inevitablemente.
Quizás se instala el síndrome del nido vacío y la tristeza de la maternidad se vuelve ineludible. Los hijos no pueden ser siempre pequeños. Las familias cambian y crecen. Desde el momento en que nacen, preparamos a nuestros hijos para que se vayan.
Las madres tienen una sensación muy real de que se quedan atrás. Los hijos crecen y se embarcan en nuevas aventuras, pero ella permanece en el hogar que ha construido con tanto cuidado para su familia. Permanece atenta a cualquier señal de su regreso, aunque solo sea para una visita.
Tras la muerte de Jesús, la tradición cuenta que Nuestra Señora fue acogida en la casa de san Juan, donde permaneció un tiempo antes de que el peso del amor la abrumara y renunciara a su vida terrenal para reunirse con su Hijo en el cielo. San Francisco de Sales cree que murió literalmente de amor.
Agridulce

Es divertido ver a los hijos madurar y convertirse en jóvenes exitosos, independientes y felices, pero es agridulce. Muchos quisieran ralentizar de alguna manera su progreso y mantenerlos más cerca de casa durante más tiempo.
El secreto para hacer las paces con la tristeza está en prestar mucha atención a cómo la Virgen María la maneja. Poco después de la Anunciación, cuando se entera de que está embarazada, hace un viaje para visitar a su pariente Isabel.
Después de saludarla, María recita el Magnificat, que es la expresión poética perfecta del corazón de una madre. Es al volverse humilde que una madre alcanza la grandeza. Aunque ella misma parezca quedarse atrás, el Magnificat da un giro completo a las expectativas habituales.
Al dejar marchar a sus hijos, estos no se alejan de ella en absoluto. Más bien, se adentran más profundamente en la unidad del amor. El amor lo es todo. Es la bendición de las generaciones y el principio por el que el dolor se transfigura en pura felicidad.












