Una familia católica, pero no practicante
Como muchos italianos, los padres de Carlo eran católicos de cultura, pero no muy practicantes. Su madre, Antonia Salzano, contó a Aleteia en 2022 que, antes de tener a su hijo, solo había ido a la iglesia tres veces: "Mi primera Misa fue mi Primera Comunión, la segunda mi Confirmación y la tercera mi boda". En casa, nunca se hablaba de fe.
Aun así, desde pequeño, Carlo mostró un profundo interés por las cosas de Dios. Demostró una gran piedad y un amor especial por Jesús y María. Con tan solo tres años, no podía pasar por delante de una iglesia sin detenerse a saludar a Jesús presente en el sagrario. Durante sus paseos por los parques de Milán, recogía flores para colocarlas a los pies de las imágenes de la Virgen María. Aunque Carlo tenía una inclinación natural hacia lo sagrado, su madre reconoce que la influencia de su niñera fue decisiva.
La polaca que le acercó a la Eucaristía
Esa niñera era Beata Anna Sperczyńska, una joven polaca que trabajó como au pair en casa de los Acutis durante varios años. Antonia recuerda: "Beata fue una de las primeras personas en hablar con Carlo sobre Dios".
Fue ella quien despertó en él el amor hacia Jesús presente en la Eucaristía, llevándolo regularmente a Misa. También le enseñó los fundamentos de la fe, la práctica de la misericordia hacia los pobres y sus primeras oraciones.
El "ángel de la guarda" en polaco
En una entrevista con el semanario Niedziela, Beata dijo que la primera oración que Carlo aprendió rápidamente —y en polaco— fue la oración al ángel de la guarda: "Al principio, Carlo simplemente repetía las palabras sin entenderlas, pero pronto empezó a preguntar qué significaban".
Beata también le presentó a la Virgen María, mostrándole una imagen de la Virgen Negra de Czestochowa , a quien sentía gran devoción, y le inculcó el amor por el rosario.
También recordó un episodio memorable: durante una fiesta de cumpleaños, cuando tenía solo tres años, Carlo salió en su defensa. Unos niños se burlaban de ella por llevar un rosario al cuello, y Carlo intervino, diciendo que su rosario era "el más hermoso del mundo".
Una fe arraigada en el corazón de un niño
A medida que pasaban los años, Beata observaba con asombro cómo Carlo desarrollaba una conexión natural con Jesús, como si lo conociera desde siempre.
Ella misma provenía de una familia católica en un pequeño pueblo polaco, donde la Misa dominical era el centro de la vida comunitaria. Era una mujer de fe sencilla y sólida, profundamente influenciada también por las enseñanzas de san Juan Pablo II.
Gracias a sus palabras y testimonio, Carlo recibió la fe que ella misma había albergado desde su infancia. Esta fe, cultivada desde temprana edad, lo ayudó a crecer en el camino de la santidad y lo preparó para su futura canonización.
El testimonio de Beata muestra cómo la semilla de la fe puede florecer de manera extraordinaria y nos recuerda que nunca debemos subestimar el poder de la presencia cristiana en el corazón de un niño.











