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Este misionero demostró cómo atraer a una cultura lejana

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Ray Cavanaugh - publicado el 24/09/25
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La adaptación, o lo que la Iglesia llama inculturación, es clave para compartir con éxito la Buena Nueva de Cristo, pero es difícil de implementar... este jesuita nos muestra cómo hacerlo posible

Para el siglo XVI, los avances en la navegación habían creado vastas posibilidades para los viajes de largas distancias. Pero, para un misionero, la tarea de evangelización implicaba más que simplemente llegar a un nuevo territorio; también debían encontrar la manera de compartir una nueva religión con las costumbres locales. El Padre Valignano es una excelente muestra de ello.

Los jesuitas en Japón

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Representación de San Francisco Javier (1506-1552), misionero en Japón hacia 1549.

La misión jesuita a Japón había comenzado en agosto de 1549. Hubo muchas dificultades, incluidos obstáculos para una comunicación efectiva, ya que “la cultura de Japón era más extranjera que cualquiera de las que los [jesuitas] habían conocido hasta entonces”.

Cuando el padre Alessandro Valignano llegó a Japón en 1579, sintió que la misión jesuita existente había sido demasiado desdeñosa con la cultura japonesa y había alejado a mucha gente. 

El padre Valignano, erudito en derecho e hijo de una familia aristocrática de Nápoles, se había unido a la orden jesuita tras una intensa experiencia religiosa y más tarde fue enviado al Lejano Oriente en funciones de supervisión. 

Convencido de que la adaptación —o lo que la Iglesia denomina inculturación— era clave para el éxito de la evangelización, comenzó a adaptar la misión jesuita para reflejar esta convicción. Un ejemplo de adaptación fue que hizo que los sacerdotes se vistieran como monjes budistas para integrarse mejor con las costumbres japonesas. 

Tales esfuerzos pudieron haber tenido un efecto favorable en los lugareños. Pero algunos misioneros consideraron que Valignano se estaba excediendo en su deseo de adaptarse. Algunos jesuitas incluso recomendaron que los europeos conquistaran Japón. Pero Valignano no aceptó nada de eso. 

En cambio, enfatizó la importancia de la enseñanza del japonés para que los jesuitas no tuvieran que depender constantemente de traductores. Y ordenó que los jesuitas abandonaran cualquier intento de comer comida al estilo europeo y optaran por la cocina local. Además, cada jesuita debía tener una casa de té conectada a su residencia. 

A partir de 1580, los jesuitas establecieron su sede en Nagasaki. En los años siguientes, Nagasaki se convirtió en un bastión católico tan grande que se la comparó con Roma. 

El surgimiento de los seminarios japoneses

El objetivo final del Padre Valignano era que los misioneros europeos acabaran pasando a un segundo plano y que los propios japoneses dirigieran la Iglesia en Japón. 

Esta configuración requeriría un clero japonés nativo. Afortunadamente, logró convencer a los japoneses para que le permitieran establecer seminarios dedicados a la formación de sacerdotes nativos. 

Además de sus deberes religiosos, los jesuitas sirvieron como negociadores entre los comerciantes japoneses y europeos que llegaban a Nagasaki.

Como misioneros, los jesuitas se resistían a asumir este papel comercial, pero los señores feudales locales insistían. Además, los beneficios económicos que esto suponía eran necesarios para seguir financiando su misión; la costumbre japonesa de que los anfitriones ofrecieran regalos suponía una gran carga financiera para los jesuitas, que recibían numerosos visitantes. 

Cuando Valignano abandonó Japón en 1582, contaba con unos 150 mil católicos y un fuerte impulso para una Iglesia local. Sus logros lo llevaron posteriormente a ser descrito como "el hombre más destacado de las misiones [jesuitas] en Oriente después de Francisco Javier".

Tras su estancia en Japón, Valignano pasó varios años en India y Macao. También regresó a Japón en dos ocasiones, ejerciendo funciones diplomáticas para apaciguar a gobernantes autócratas. 

En enero de 1606, Valignano, que entonces tenía 66 años, falleció en Macao mientras se preparaba para visitar a los jesuitas en China continental. Para entonces, las autoridades japonesas comenzaban a reprimir brutalmente el cristianismo. Su creciente popularidad e influencia se habían convertido en una amenaza excesiva. 

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