Desde pequeños —y también cuando vamos creciendo— aprendemos que los sentimientos son algo privado, o incluso peligroso de mostrar. Que lo "bueno" es ser fuerte, controlado e insensible. Pero ¿qué les enseñas realmente a tus hijos si no les muestras lo que hay dentro de ti?
Decir lo que sientes no equivale a descargar irresponsablemente sobre ellos las cargas del adulto. Más bien es dar testimonio de humanidad. Es manifestar con palabras que tu corazón también se conmueve, también se quiebra, también celebra.
Y al convertir sentimientos en palabras que ellos puedan comprender, les das herramientas para conocerse a sí mismos y para expresarse con libertad y verdad.
Desarrollo seguro

La psicóloga familiar Cristina Martínez lo dice con claridad: "Ser estricto con los hijos no los hace más perfectos, los hace más inseguros. Crecen creyendo que no son suficientes y que mostrar las emociones es una debilidad".
Ella nos recuerda que esas heridas emocionales de la infancia no se borran en la adultez: permanecen en la forma en que uno se relaciona, amarse a sí mismo o como nos percibimos. El silencio emocional de los padres deja huellas hondas.
Expresarse con sinceridad
Cuando un padre o una madre se atreven a decir: "Hoy me siento triste porque me decepcionó un amigo", o "Estoy preocupado por el trabajo y me cuesta dormir bien ", es mostrar que los sentimientos no deben generar vergüenza, sino que es parte de la expresión y comunicación humana. Y no solo eso: les enseña un lenguaje para que ellos también reconozcan lo suyo.
Los niños, incluso los más pequeños, perciben emociones aun sin palabras. Adivinan tensiones, silencios, gestos de muchas de las emociones básicas. Por eso, cuando tú les nombras tus sentimientos —"Estoy alegre", "Tengo miedo", "Me siento herido"—, los ayudas a poner nombre a lo que ellos también sienten, aunque aún no sepan expresarlo bien.
Eso les da valor: valor de interioridad, valor de presencia, valor de que lo que sienten es importante.
Educar, reconociendo y validando emociones
Santa Madeleine Sophie Barat, fundadora de la Sociedad del Sagrado Corazón. Ella aconsejaba a los padres y educadores: “Den siempre buen ejemplo a los niños; nunca los corrijan con mal humor o impaciencia.
Hemos de ganarles apelando a su corazón… Suavicen los reproches con palabras amables; anímenlos y recompénsenlos.” Es decir con emociones suaves, amigables, comprensivas y amorosas.
Estas palabras nos revelan que educar no es imponer silencio a los sentimientos, sino abrir caminos para que los afectos se expresen en confianza. Un padre que comparte lo que siente con ternura educa más que mil sermones moralistas.
na madre que pide perdón por un arrebato de ira, les enseña que la fortaleza no está en la dureza, sino en la humildad y en la reconciliación.
No somos católicos solo de razón y moral abstracta. Somos discípulos de un Dios que lloró ante la tumba de Lázaro, que se conmovió ante el dolor de la viuda de Naín, que se alegró con los niños que se acercaban a Él. Nuestra fe no reprime el sentir: lo purifica, lo eleva, lo humaniza.
¿Cómo hacerlo en casa, de modo práctico?
1Elige momentos tranquilos para hablar

No cuando todos estén tensos o apurados, sino después de la cena, al acostarse o durante una caminata.
Sé específico. En lugar de "Estoy bien / estoy mal", di: "Hoy me siento triste porque…", "Me siento orgulloso de ti porque…", "Tengo miedo de…".
2Utiliza un lenguaje cercano
Adaptado a su edad, con imágenes y ejemplos que comprendan. Escucha también lo suyo. Permite preguntas, silencios, abrazos. Que ellos también expresen lo que sienten, sin temor a ser juzgados.
3Da gracias y pide perdón
Muestra que tú también necesitas reconciliarte, que fortalece la honestidad y la humildad.Así tus hijos crecerán sabiendo que ser fuerte no es dejar de sentir, sino sentir, expresarlo y caminar unido con Dios aun con lo que pueda doler o hacernos sufrir.











