“Nadie nos va a extrañar”, un título que suena a melancolía y resignación; a apatía, a soledad y angustia: No importa lo que haga, bueno o malo, vivo o muerto, a nadie le interesará.
Título impactante para una serie sobre jóvenes mexicanos en etapa escolar que, si bien está ambientada en los años 90’, la temática es muy actual. Y es que, esta serie de televisión que se transmite por una plataforma de streaming y se volvió una de las más populares y vistas en México, refleja una realidad que en ocasiones nos cuesta ver: el sufrimiento adolescente y juvenil dentro de sus redes escolares y familiares. Aborda temas como acoso escolar, identidad y suicidio con un tratamiento que mezcla nostalgia y realismo. La serie ha sido comentada como sensible y relevante para conversaciones sobre salud mental juvenil.
La ficción muestra cómo piensan y sienten muchos jóvenes: el peso de la pertenencia, la importancia del grupo, la tentación de ocultar heridas para “no molestar”, y la dificultad para comunicar angustia en contextos donde la “imagen” importa mucho. Es una ventana para entender el lenguaje emocional de los adolescentes: sus silencios, sus ironías… su nostalgia.
Una realidad que nos interpela
Los datos son preocupantes: cada 40 segundos alguna persona en el mundo se quita la vida. El suicidio, es la tercera causa de muerte más frecuente entre jóvenes de 15 a 29 años. Los niños que cometen suicidio son los menos, pero cualquier aumento es en realidad preocupante y es que, según la UNICEF, cada vez más pre-adolescentes reportan baja satisfacción de vida, aunque no todos intenten o consumen suicidio.
Pero ¿qué está causando este grave mal social? Los expertos aseguran que no hay una sola respuesta, la causa suele ser multifactorial, entre ellas:
Trastornos mentales (depresión, ansiedad, abuso de sustancias).
Aislamiento, soledad y déficit de redes de apoyo.
Uso problemático de redes sociales y pantallas (la evidencia sugiere que la mayor exposición a estos elementos causan mayor malestar emocional, comparaciones sociales, peor sueño y riesgo aumentado de ideación suicida).
Las crisis económicas y el desempleo también aumentan el riesgo suicida, así como los traumas pir abuso, acoso escolar y violencia interpersonal.
Abriendo las puertas a la misericordia
Si bien la Iglesia afirma que el suicidio contradice la inclinación natural a conservar y perpetuar la vida y es contrario al amor de Dios, al amor al prójimo y al amor a sí mismo, también entiende que “las perturbaciones psíquicas graves, la angustia o el temor de una prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (CIC 2282).
Por ello, el Magisterio confirma que “no se debe desesperar de la salvación eterna de las personas que se han dado muerte”; la Iglesia ora por ellas. (CIC 2283).
El Papa Francisco insistió en que debemos combatir el aislamiento y la indiferencia:
“No es posible permanecer indiferentes ante el dolor de tantos jóvenes que se sienten aplastados por la falta de sentido” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud, 2017).
Así pues, el Magisterio de la Iglesia condena el suicidio como acto objetivo, pero abre la puerta a la misericordia y esperanza frente a quienes lo padecen, reconociendo la fragilidad humana y anteponiendo la misericordia de Dios quien, en su justicia, sabrá ver el corazón de cada persona.
Cómo observar esta realidad desde la fe
La Iglesia propone pasos concretos:
Escucha compasiva y acompañamiento pastoral, que la comunidad sea antídoto a la soledad: los grupos juveniles, parroquiales y movimientos ofrecen pertenencia. Además, enseñar que la oración y los sacramentos son un refugio contra la maldad y la tristeza.
Se trata de ser Iglesia en salida, que encuentra al que sufre desde su realidad, que lo rescata y que le brinda esperanza hacia el futuro pues, la misión del cristiano es llevar la alegría del evangelio: un Dios que perdona, que repara, que renueva las fuerzas y le da sentido al sufrimiento y al dolor.
La serie Nadie nos va a extrañar nos sacude porque refleja el grito silenciado de tantos adolescentes y jóvenes que se sienten invisibles, atrapados en dolores que creen que nadie comprenderá. Pero ahí donde la ficción termina en desesperanza, la fe abre una puerta distinta: la certeza de que cada vida es amada, pensada y querida por Dios desde la eternidad (cf. Sal 139,13-16). El cristiano sabe que el dolor, aunque real y profundo, no tiene la última palabra, porque en la cruz Cristo asumió nuestras heridas para transformarlas en vida.
Por eso, frente a la oscuridad de la depresión y el suicidio, la Iglesia proclama con misericordia y firmeza: “La vida es un don, nunca una carga”. Y nos invita a crear comunidades que abracen, que acompañen, que sostengan. Así, lo que hoy aparece como drama puede convertirse en camino de redención, donde cada joven descubra que su historia no acaba en un vacío, sino que está llamada a ser parte de la historia de salvación de Dios.












