CAMPAÑA DE NAVIDAD 2025
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Tras la muerte de Jesús, no se sabía con certeza dónde sería enterrado su cuerpo, ya que se le consideraba un criminal. Normalmente, las personas rechazadas por la sociedad eran sepultadas en fosas comunes. Sin embargo, José de Arimatea no quería que ese fuera el caso de su amado Maestro. Lo amaba y quería que fuera enterrado en un lugar mucho más adecuado:
"Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le permitiera llevarse el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo concedió. Así que vino y se llevó el cuerpo.
También Nicodemo, que al principio había acudido a él de noche, vino trayendo una mezcla de mirra y áloe, de unos cien pesos.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias, según la costumbre funeraria de los judíos.
En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido depositado.
Por ser el día de la Preparación de los judíos, y estar el sepulcro cerca, depositaron allí a Jesús".
Se trataba de un simple acto de caridad, una forma en que san José de Arimatea podía expresar su amor en un momento de duelo.
Intercesor de los que están de duelo
Aunque normalmente lo invocan los directores de funerarias o los trabajadores de cementerios, san José de Arimatea también puede ser un poderoso intercesor para todos aquellos que están de duelo por un ser querido.
Él experimentó el dolor de la pérdida y no pudo quedarse de brazos cruzados mientras su amigo era enterrado en una tumba sin nombre.
El Martirologio Romano detalla lo siguiente sobre él:
"En Jerusalén, conmemoración de los santos José de Arimatea y Nicodemo, que recogieron el cuerpo de Jesús bajo la cruz, lo envolvieron en un sudario y lo depositaron en el sepulcro. José, noble decurión y discípulo del Señor, esperaba el reino de Dios".
La buena noticia es que san José solo tuvo que esperar unos días para ver resucitar a su amigo. Aunque en esta vida tengamos que esperar pacientemente para volver a ver a nuestros seres queridos, José de Arimatea nos recuerda que debemos llorar su pérdida, pero tener esperanza en la resurrección de Jesucristo.
Un día, todas nuestras lágrimas serán enjugadas y podremos experimentar la alegría del reencuentro.












