Dicen los poetas que los ojos son la ventana del alma. Más allá del sentido metafórico de la máxima, nos encontramos con una realidad tan común como cierta y tangible: los ojos expresan más que las palabras. Hay miradas que nos inquietan, otras que nos dan paz. Hay miradas inquisitivas, otras complacientes. Hay miradas de amor, otras de odio. Resulta imposible describir con precisión cada una de ellas, pero todos sabemos apreciar sus diferencias por mero referente sensorial. Esto mismo pasa con la mirada de la Virgen.
La Virgen de Guadalupe se hizo ver
El Nican Mopohua precisa que la Virgen tomó la iniciativa, saliendo al encuentro de san Juan Diego y dejándose ver por él. En la Presentación de la obra señala: “Primero se hizo ver de un indito, su nombre Juan Diego….”. Y más adelante, en el n. 211 confirma lo anterior afirmando que el Obispo conservó la tilma de Juan Diego en su oratorio “... en tanto que se levantó la casita sagrada de la Niña Reina allá en el Tepeyac, donde se hizo ver de Juan Diego”.
Pero la Reina del cielo no solo quiso revelar su excelsa presencia a su mensajero, san Juan Diego, sino que se ha dejado ver en su bendita imagen a toda la Iglesia: al tío Juan Bernardino, al Obispo Fray Juan de Zumárraga y quienes estaban con él, a todo el pueblo, a todos sus hijos. Esto no es cosa menor, sino una verdadera gracia del cielo.
Es por ello que, cuando el Obispo y los que estaban con él, vieron la bendita imagen de la Reina del Cielo “se arrodillaron, mucho la admiraron, se pusieron de pie para verla, se entristecieron, se afligieron, suspenso el corazón, el pensamiento” (nn. 185-186). Después, cuando trasladaron la preciosa imagen a la “casita sagrada” que le construyeron, sucedió otro portento: “Y absolutamente toda esta ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver, a admirar su preciosa Imagen” (n. 214).
A todas parte está mirando
El Nican Mopohua sorprende con una expresión poética y plena de verdad y significado. Como contexto, es bueno recordar que Juan Diego no acudió a la cita con la Virgen para recibir de ella la señal solicitada por el Obispo. Juan Diego estaba atendiendo otros asuntos que ocupaban su pensamiento y corazón: la necesidad de llevar la ayuda de un sacerdote para su moribundo tío; es por ello que rodea el cerro para evitar a la Señora. Y el número 104 dice: “Piensa (san Juan Diego) que por donde dio la vuelta no lo podrá ver la que perfectamente a todas partes está mirando.”
En efecto, la mirada de la Virgen llega a todos sus hijos, a toda la Iglesia, en todos los tiempos y en todas las latitudes. A todas partes mira.
Por ello, podemos estar seguros de que estamos en la mira de la Virgen. Su maternal cuidado nos encuentra y nos repite: “¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de algún otra cosa?” (n. 119).
Su compasiva mirada misericordiosa
El Nican Mopohua describe cómo es la mirada de la Virgen de Guadalupe. Lo hace en dos versículos:
- “Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación” (n. 28).
- “Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del Obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído” (n. 33).
En efecto, en la ventana del alma de María santísima encontramos esa compasiva mirada misericordiosa que envuelve, pero no aísla; que auxilia, pero no inutiliza, pues ella es madre amorosa, no sobreprotectora.
Aprender a mirar con los ojos de la Virgen
Todos hemos experimentado que nuestra mirada se hace defectuosa en el transcurso de nuestra vida. Unos más, otros menos; unos de una forma, otros de otra; pero todos vamos acumulando defectos en nuestra visión. En la vida espiritual pasa algo semejante…
Si sufres de vista cansada en tu vida y ya no puedes dar un paso más… si has perdido la visión de largo alcance (miopía) y no puedes ver “más allá de tus narices”... si eres un soñador que no puede aterrizar en lo concreto de la vida, en lo cercano (hipermetropía)... si has perdido la pureza de tu mirada con las cataratas del pecado… es momento de volver tus ojos a la Virgen y dejar que su mirada compasiva y misericordiosa te sane y conduzca a la vida de gracia. A final de cuentas, ella vino a eso:
“Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada en donde lo mostraré (a Dios), lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación. (...) Porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores”










