CUARESMA 2026
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Desde que estábamos en la escuela se nos explicó la división geográfica del mundo: comprendida por continentes y naciones, la gente que los habitan van formando su identidad de acuerdo con sus propias culturas y costumbres, que fomenta el amor por su patria terrenal. Sin embargo, a veces olvidan que están de paso y que su meta debe ser vivir con Dios en los cielos.
El amor por la patria
Por supuesto que está bien amar a la nación que nos vio nacer. El cuarto mandamiento que se refiere al amor y respeto por los padres, incluye los deberes con la patria, como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia católica:
"El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad"
La fe en las promesas de Dios
San Pablo escribió, en la carta a los Hebreos, que la fe es "la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven" (Heb 11, 1).
El objetivo del Apóstol era que sus lectores comprendieran que todos los esfuerzos de los antiguos estaban motivados por las promesas de Dios, por eso, les recuerda, Abel ofreció a Dios un sacrificio superior que el de Caín, Henoc fue llevado al cielo sin morir, Noé construyó el arca, Abraham dejó su Patria, Sara, de avanzada edad, concibió un hijo.
Y aunque no alcanzaron a ver su cumplimiento, sabían que les esperaba un destino insuperable, ya que "reconocían que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Los que hablan así demuestran claramente que buscan una patria" (Heb 11, 13-14).
Ciudadanos del cielo
Si somos conscientes de que la realidad que hoy vivimos, en el momento menos esperado cambiará - porque moriremos algún día, nos guste o no - podremos prepararnos para habitar en la Patria definitiva.
La advertencia de san Pablo a los Filipenses es clara:
"Sigan mi ejemplo, hermanos, y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado. Porque ya les advertí frecuentemente y ahora les repito llorando: hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la perdición, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra".
Pero, felizmente, si nos esforzamos en seguir el Evangelio, seremos recompensado con el premio de los que creen en Jesús:
"En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio".
Que esta alegría nos ayude para perseverar a diario en nuestros propósitos de santidad.










