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‘Superman’: un superhéroe con fe en los valores humanos 

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José Ángel Barrueco - publicado el 14/08/25
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James Gunn da un giro al personaje creado por Jerry Siegel y Joe Shuster

James Gunn ha rodado una versión de Superman diferente: cómica, excéntrica y entretenida, pese a su guión errático e irregular. Aunque ninguna adaptación posterior ha alcanzado el nivel de la película dirigida por Richard Donner en 1978: no han conseguido igualar ni su suspense, ni su emoción, ni su dramatismo. Por algo fue un pequeño genio: del cine comercial, sí, pero genio en todo caso; y ahí están para demostrarlo la pervivencia de obras que continúan encandilando a las nuevas generaciones: Lady Halcón, Los Goonies, la saga de Arma letal, La profecía, Los fantasmas atacan al jefe…

Gunn posee habilidad para la narrativa, pero no tanta como Donner: es un especialista en darle una vuelta al género de superhéroes, y basta con ver la trilogía de Guardianes de la galaxia o El Escuadrón Suicida. Su mirada sobre Superman es bastante mejor que las de Bryan Singer y Zack Snyder (aunque no olvidemos que El hombre de acero poseía algunas virtudes, como ese tono épico heredero de Batman Begins): Gunn cambia algunas reglas.

Para empezar se salta toda la niñez, la adolescencia y la formación de Clark Kent, quizá porque el espectador medio ya se conoce de sobra toda la historia; y de Krypton y sus padres biológicos sólo nos llegan vistazos en forma de hologramas. Su película arranca de una manera original e insólita: con Superman siendo derrotado por primera vez y cayendo a plomo hasta el suelo, en el paraje nevado donde se sitúa La Fortaleza de la Soledad. Igual que un ángel del Cielo al que algún demonio hubiese arrancado de cuajo las alas. Con heridas, dolores e incapaz de levantarse. Superman también sangra y es vulnerable: su humanidad está en juego. Y de ese trance lo salva un perro: un animal que se convierte en una de las grandes bazas del filme.

Además nos ofrece pocas escenas con Clark Kent. Gunn dedica un tiempo mínimo a la faceta de periodista que oculta su auténtica identidad con gafas, traje y torpeza. Ya en Kill Bill, de Quentin Tarantino, nos contaba David Carradine que la indumentaria de Kent es su disfraz: su ropa de civil es lo que utiliza para encajar con nosotros. Gunn sabe que al espectador más joven suele aburrirle el exceso de escenas de la identidad civil de un personaje, sea Bruce Wayne, Peter Parker o Clark Kent. Y por eso la película abunda en careos, batallas y enfrentamientos del superhéroe. 

Devolver a los humanos la fe en la bondad

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El director ha dicho que su versión gira en torno a la condición humana y a la pérdida de la bondad y de la justicia, valores que se han perdido. Su superhéroe es alguien que se esfuerza por evitar las guerras, mentiras y asesinatos. De ahí los abundantes paralelismos con muchas situaciones actuales: el daño que hacen las redes sociales a los famosos cuando los difaman, el predominio de las fake news, las guerras contemporáneas (es evidente que el conflicto ficticio de la película se parece mucho al de Israel y Palestina), etcétera.

Tenemos que ver a este Superman como alguien metido dentro de un escenario que se le escurre de las manos, alguien al que un tropiezo o la comisión de un error puede hacer que todo el mundo lo juzgue y lo critique, porque todo el mundo permanece hoy atento a las pantallas y por tanto puede bajarlo de su pedestal de héroe y calificarlo de enemigo: aquí podemos ver un paralelismo con lo que hacía Christopher Nolan con su Batman denostado y perseguido por los ciudadanos. 

Superman pretende demostrar que, con la bondad y los gestos correctos, se puede devolver la fe en la humanidad. “Tus elecciones, tus acciones: eso es lo que te hace ser quien eres”, le dice su padre adoptivo cuando está pasando por un momento de derrota. Y el propio superhéroe, que niega la etiqueta de “alienígena” que quieren imponerle, dirá a Lex Luthor: “Cometo errores constantemente, pero eso es ser humano, y ésa es mi mayor fortaleza”.

Su apuesta por la bondad, por hacer lo correcto sin matar ni a los enemigos más feroces que se interponen en su camino, resulta excesiva: ese instante en que salva incluso a una ardilla se convertirá, si no lo ha hecho ya, en un símbolo de ese lastre cultural y social que es lo woke, es decir, el buenismo total. Las versiones de Richard Donner y de Richard Lester contenían más aristas, más complejidad emocional, más recovecos oscuros. Lo woke, en la actualidad, es un concepto que apuesta por un maniqueísmo radical. 

Más allá de estas teorías y de estos juicios hay que apuntar, dentro de un reparto extraño y con personajes inesperados, caso de Linterna Verde, que el casting se beneficia de los dos protagonistas: David Corenswet tal vez sea el mejor Superman después de Christopher Reeve; y Nicholas Hoult, con su habitual solidez, es un magnífico Lex Luthor, aunque también a la sombra de Gene Hackman. En suma: una película entretenida, con defectos y virtudes, para ver en familia y recordar que no se ha superado a Donner (y su influencia es tan fuerte que incluso la música contiene algunas notas del soundtrack de John Williams).   

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