Santa Clara de Asís provenía de una familia noble, podría haber vivido entre halagos y comodidades; sin embargo decidió encerrarse en la humildad y sencillez del claustro, en donde el silencio no era solamente una ausencia de palabra, sino un espacio sagrado donde la voz de Dios puede ser escuchada.
En la quietud del monasterio de san Damián, Clara descubrió que las palabras verdaderas no se improvisan ni se imponen.









