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Migrantes como santos en viaje: cuando la fe camina con ellos

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Mónica Alcalá - publicado el 07/08/25
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Solo en lo que va del año 2025, más de 280 mil personas han sido expulsadas de Estados Unidos, muchas sin previo juicio migratorio ni posibilidad de apelación

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280 millones de personas que viven fuera de su su país natal son cristianas; una parte muy considerable de ellas son inmigrantes en Estados Unidos, la mayoría procedentes de México, según un análisis del Pew Research Center.

Es este país el que intensifica cada vez más sus políticas contra los migrantes por lo que la Iglesia de ambos países no ha parado de alzar la voz, afirmando que “la aplicación de la ley por sí sola no es solución a los desafíos migratorios” (Arzobispo Timothy Broglio, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos).

Cada vez son más los casos de familias separadas, redadas ilegales e inhumanas… Son cada vez más las historias de deportaciones, llanto, miedo. Rostros reales, vidas humanas concretas que son simplemente trastocadas por la voluntad de unos pocos.

Intenso control froterizo

Las rutas migratorias desde Centroamérica y México siguen siendo peligrosas: se calcula que en 2024 murieron más de mil migrantes cruzando el desierto de Arizona o el Río Bravo.

En Estados Unidos, el panorama migratorio se encuentra en una fase crítica. Tras el restablecimiento de políticas como “Remain in Mexico” y la intensificación de operativos de control fronterizo, se han reportado cifras alarmantes:

Más de 2.8 millones de deportaciones acumuladas en los últimos tres años (2022‑2025), según datos del U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE).

Solo en lo que va del año 2025, más de 280 mil personas han sido expulsadas del país, muchas sin previo juicio migratorio ni posibilidad de apelación y la separación familiar va en aumento: organizaciones como Hope Border Institute han denunciado más de 9 mil casos de niños y adolescentes que han quedado solos o separados en centros de detención.

En ciudades como El Paso, McAllen o Chicago, los centros de acogida católicos están desbordados, ofreciendo refugio, comida, asistencia legal y espiritual con recursos muy limitados.

No es anécdota secundaria: Jesús fue migrante

Jesús mismo, el gran Hijo de Dios, entró a la historia de la humanidad como un perseguido político. La Sagrada Familia conoció el miedo, el hambre, la incertidumbre. Jesús vivió en carne propia lo que hoy millones de migrantes viven: dejarlo todo, caminar sin rumbo, depender de la hospitalidad de los demás.

Si nos es tan fácil entender al Redentor del mundo como una persona migrante, por qué al migrante de hoy, perseguido, hambriento, deseoso de mejores oportunidades de vida, nos es tan difícil verlo con dignidad, misericordia y caridad.

¿Será que el mundo, las políticas, el discurso externo nos ha hecho ver en el que camina como un problema, y no como una persona? El lenguaje dominante en medios y política transforma al migrante en cifra, sospechoso o amenaza. Se le despoja de nombre, historia y rostro.

Tal vez también porque hemos olvidado que la santidad también sufre y camina con los pies manchados de barro, de tierra, del polvo del camino. María, José y Jesús no llegaron a Egipto con papeles. Llegaron con fe. Eso es santidad.

Reconocer en el migrante una presencia de Dios implicaría acogerlo, protegerlo, integrarlo y promoverlo (los cuatro verbos del Papa Francisco). Preferimos verlos como una causa lejana, para evitar revisar nuestro estilo de vida, nuestras decisiones políticas o nuestro silencio.

Moverse también es espiritual

San-Moisés

La Biblia está llena de migraciones sagradas: Abraham, Moisés, Rut, el pueblo de Israel, los Apóstoles. Muchos migrantes andan también esos caminos, no con bastón, sino con mochila, no con maná, sino con latas, no con una nube que les protege del sol, sino con la esperanza de encontrar compasión.

Y es que, no se trata de un tema ideológico ni político, sino profundamente evangélico y humano. El Papa Francisco ha insistido con fuerza:

“El migrante no es una amenaza. Es un rostro, un nombre, una historia. Es tu hermano”.

Al hablar sobre los programas de deportación masiva en EE. UU., el Papa Francisco los calificó como una “vergüenza moral” que ignora la dignidad de la persona y siembra división donde debería haber acogida: “Una sociedad que se cierra al extranjero se enferma de miedo, pierde el alma”.

“Si no vemos a Cristo en el migrante, no estamos leyendo bien el Evangelio”.

Sí, la Iglesia es clara, personas como “Chuy”, personas que cada día solo desean un futuro mejor, que quieren trabajar, incluirse, llevar sus propias historias, su propia cultura, su propia fe, no quitan nada a las comunidades, suman, porque finalmente, el mundo es para aprender, acoger, fraternizar, para sumar entre todos lo mejor de cada pueblo.

La Iglesia no está en silencio. Está en camino. Con ellos. Como ellos.

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