Aunque muchos conocen la extraordinaria vida de san Padre Pío, un santo sacerdote capuchino que pasaba más de 12 horas al día oyendo confesiones, no fue el único sacerdote capuchino devoto del confesionario.
San Leopoldo Mandić vivió en la misma época que san Padre Pío y pasó una cantidad similar de tiempo oyendo confesiones cada día, permaneciendo en el confesionario durante al menos 15 horas.
Murió el 30 de julio de 1942 y posteriormente fue canonizado por san Juan Pablo II el 16 de octubre de 1983.
Una vida sencilla en el confesionario
Lo notable de la vida de san Leopoldo es lo sencilla que fue, sin visiones ni levitaciones extraordinarias. Puede que se pareciera a san Padre Pío, pero no recibió los estigmas ni ningún otro don extraordinario.
San Juan Pablo II habló de la ordinariez de la vida de san Leopoldo en la homilía de la canonización:
"La suya fue una vida sin grandes acontecimientos: un traslado de un convento a otro, como es costumbre de los capuchinos; pero nada más… san Leopoldo no dejó obras teológicas ni literarias… no fundó obras sociales. Para todos los que le conocieron, no era más que un pobre fraile: pequeño, enfermizo".
Un santo confesor
El ministerio de san Leopoldo estaba totalmente "oculto" en el confesionario. Se le consideraba un santo confesor y consejero espiritual.
San Juan Pablo II continuó su homilía alabando a san Leopoldo por su ejemplo de santidad:
"Su grandeza está en otra parte: en inmolarse, en entregarse, día tras día, durante todo el tiempo de su vida sacerdotal, es decir, durante 52 años, en el silencio, en la confidencialidad, en la humildad de una celda confesional: 'el buen pastor ofrece la vida por las ovejas'. Fra. Leopoldo estaba siempre ahí, dispuesto y sonriente, prudente y modesto, confidente discreto y fiel padre de almas, maestro respetuoso y consejero espiritual comprensivo y paciente.
Si se le quisiera definir con una palabra, como hicieron en vida sus penitentes y hermanos, entonces es 'el confesor'; solo sabía 'confesar'. Pero precisamente en esto radica su grandeza".
La inspiración de dos papas
Tanto el Papa Benedicto XVI como el Papa Francisco encontraron una gran inspiración en la vida de san Leopoldo. Ambos animaron a los confesores de Roma a mirarlo como un brillante ejemplo en su ministerio.
San Leopoldo fue un fiel instrumento de la Divina Misericordia de Dios, mostrando una compasión sincera hacia todos los pecadores, sin humillarlos nunca, sino tratándolos siempre con cuidado y amor.
Puede que no llevara una "vida extraordinaria", pero vivió heroicamente en su ministerio de confesor.










