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Por qué santa Teresita amaba las procesiones de Corpus Christi 

Santa Teresa de Lisieux el día de su Primera Comunión, el 8 de mayo de 1884.

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Philip Kosloski - publicado el 19/06/25
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Cuando Santa Teresa era pequeña, le encantaba caminar delante de la custodia y arrojar pétalos de rosa en la procesión de Corpus Chisti.

Santa Teresita del Niño Jesús esperaba con ilusión el Corpus Christi por muchas razones, ya que lo consideraba una hermosa fiesta que honraba a su mayor amor en la vida, Jesucristo, presente en la Sagrada Eucaristía.

En particular, tenía buenos recuerdos de ella cuando era niña y escribió sobre ella en su autobiografía, Historia de un alma.

Lo menciona primero en relación con su retiro antes de recibir el sacramento de la confirmación, que en aquella época se daba a una edad más temprana.

"De ordinario, solo se hacía un día de retiro para la Confirmación, pero el obispo no pudo venir el día señalado, por lo que tuve el consuelo de disponer de dos días de soledad. Para distraernos, nuestra patrona nos llevó a Mont Cassin y allí recogí muchísimas margaritas grandes para la fiesta del Corpus Christi. ¡Ah, qué contenta estaba mi alma!"

No es de extrañar que santa Teresa amara las flores de todo tipo, y muchas tradiciones locales en torno al Corpus Christi tienen que ver con flores.

Arrojar flores a Jesús

Por ejemplo, en algunos países es costumbre que las niñas precedan la procesión eucarística, esparciendo flores delante del sacerdote que lleva la custodia.

Normalmente, las niñas que han recibido la Primera Comunión son las que encabezan la procesión de la Eucaristía.

Esto es lo que más le gustaba a santa Teresa, como explica en su autobiografía.

"¡Qué recuerdos me trae esta palabra! ¡Cómo me gustaban las fiestas! Sabías explicarme todos los misterios que se escondían bajo cada una de ellas, y lo hacías tan bien que eran para mí días verdaderamente celestiales. Me gustaban sobre todo las procesiones en honor del Santísimo Sacramento. ¡Qué alegría era para mí arrojar flores a los pies de Dios! Antes de dejarlas caer al suelo, las arrojaba lo más alto que podía y nunca me sentí tan feliz como cuando veía que mis rosas tocaban la sagrada custodia".

Teresa de Lisieux tenía una fe inocente e infantil que persistió a medida que crecía. Aunque de adulta no podía esparcir flores, hacía todo lo que podía para honrar a Jesús.

Atesoraba estos recuerdos en el convento y esperaba con ilusión los momentos que pasaba en oración ante Jesús, su esposo, en el Santísimo Sacramento.

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