El sacramento de la Confesión devuelve al pecador la gracia santificante, pero está obligado a reparar el daño hecho mediante la penitenciaCampaña de Cuaresma 2025
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Los católicos tenemos un sacramento que nos da la certeza de que Dios nos perdona después de cometer un pecado grave: la Confesión, también llamado Reconciliación o Penitencia. Este fue instituido por el Señor Jesús, porque sabía que no basta con creer que estamos perdonados. Él quiso que estuviésemos seguros de ello:
"Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan" (Jn 20 22-23)
Dios nos perdona sin condiciones
Pero para recibir el perdón debemos reconocernos pecadores, sentir dolor por nuestras faltas y tener la firme intención de no volver a pecar. Y profundizar en nuestra mente y corazón para no quedarnos con nada:
"En cambio, lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que mancha al hombre. Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones". (Mt 15, 18-19)
Luego de la confesión, Dios, a través del sacerdote, nos da el perdón que se recibe con un corazón contrito. Entonces, Dios nunca recordará los pecados perdonados. Él nos perdona sin condiciones, como el Señor Jesús lo ilustró bellamente con la parábola del hijo pródigo: "porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado" (Lc 15, 24).
Sin embargo, el daño hecho al prójimo hay que repararlo de algún modo. Dice el Catecismo de la Iglesia católica:
"Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto".
Conversión y penitencia
Es verdad que Dios perdona, pero a nosotros nos corresponde arreglar los desperfectos de nuestros malos actos. Como leemos en el Catecismo:
"Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó" (cf Concilio de Trento: DS 1712).
Por eso, tenemos que hacer penitencia:
"Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe 'satisfacer' de manera apropiada o 'expiar' sus pecados. Esta satisfacción se llama también 'penitencia'".
El confesor nos dirá de qué manera podemos reparar el daño:
"La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Debe corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los pecados cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar".
Agradezcamos a Dios por su misericordia y acerquémonos con confianza al sacramento de la Reconciliación.