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¿Debemos complacernos con la caída de otras personas?

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Philip Kosloski - publicado el 17/02/25
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Podemos tener la tentación de alegrarnos cuando otras personas son derribadas, complaciéndonos en su repentina caída, pero ¿esa actitud nos beneficia en algo?

Muchos de nosotros tenemos un cierto número de personas a las que decimos que "detestamos". Estas personas nos molestan a varios niveles e incluso pueden ser responsables de algunos pecados horribles.

Cada vez que oímos su nombre o vemos su rostro, podemos sentir la tentación de esperar y rezar por su desaparición. Entonces, un día, ocurre algo que los derriba, empañando su legado o humillándolos delante de todo el mundo.

¿Es bueno alegrarse cuando vemos que eso ocurre?

¿Cuál es la respuesta cristiana a la caída repentina de nuestros enemigos?

Que la caridad gobierne el día

San Francisco de Sales nos anima en su Introducción a la Vida Devota a resistir cualquier tentación de regocijo, y a dejar que la caridad gobierne nuestros pensamientos y acciones:

"Siempre y cuando prevalezca un espíritu de caridad y compasión, y que no hables de ellos con arrogancia o presunción, o como si te complacieras en la caída de otros. Hacer esto es señal segura de una mente mezquina y poco generosa.
Aunque nos alegremos de la caída de alguien, no debemos desear que siga en esa situación".

De hecho, deberíamos rezar por nuestros enemigos y hacer el bien a quienes nos hacen daño.

Debemos tratar de ser compasivos con ellos, esperando y rezando para que se vuelvan a Dios de todo corazón.

La gracia de Dios nos sostiene

San Francisco de Sales nos recuerda que solo nos mantenemos rectos por la gracia de Dios:

"Cuando oigas hablar mal de alguien, arroja cualquier duda que puedas sobre la acusación; o si eso es imposible, inventa cualquier excusa disponible para el culpable; y cuando ni siquiera eso sea posible, sé compasivo y compasiva, y recuerda a aquellos con los que hablas que aquellos que se mantienen rectos lo hacen únicamente a través de la Gracia de Dios".

Es posible que un día caigamos y que nuestro nombre sea arrastrado por el fango. Cuando eso ocurra, ¿cómo queremos que nos traten los demás?

La caridad debe reinar siempre en nuestros pensamientos y acciones, pues debemos desear que todos estén unidos a nosotros por toda la eternidad en los brazos amorosos de Dios.

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