A finales del siglo I, la Iglesia de la ciudad de Corinto estaba dividida entre cristianos de origen judío y cristianos de origen pagano. Temiendo un cisma, el Papa Clemente les escribió para que pusieran fin a sus divisiones, contrarias al mensaje de Cristo. Una buena apología de la unidad
Roma, año 96. El tiempo era agradable en esta mañana de primavera. Sin embargo, el tercer sucesor de san Pedro estaba desanimado. Clemente había recibido noticias de Corinto, y no eran mejores que las anteriores. Desde hacía algún tiempo, los cristianos de Corinto estaban divididos. Todos habían reconocido a Cristo, pero los orígenes judíos de unos y paganos de otros sembraron la discordia. Muchos presbíteros y líderes de las comunidades habían sido expulsados de sus puestos a raíz de una revuelta.
Un mal presentimiento rondaba la mente del Papa. La Iglesia de Corinto podía sufrir una ruptura irreparable. Sin embargo, era su deber unir a los cristianos del mundo bajo la bandera de Jesús.












