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La insólita historia de la col del padre Marie-Antoine de Lavaur

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Montage Philippe Lissac / Godong I oksana2010 I Shutterstock

Mathilde De Robien - publicado el 11/05/24

No hay razón para faltar a Misa los domingos; ni siquiera la carga de trabajo. Al menos esa es la moraleja de esta historia contada por el mismísimo padre Marie-Antoine de Lavaur

Declarado venerable el 23 de enero de 2020 por el Papa Francisco, el padre Marie-Antoine de Lavaur, sacerdote capuchino también conocido como el “Apóstol del Sur”, dedicó su vida a la conversión de las almas.

A los 30 años, fundó el convento de Côte-Pavée en Toulouse; a los 40 años ya era conocido como “el Santo de Toulouse”. Destacado predicador, hijo espiritual de san Francisco de Asís y amante de la Virgen María, fue el artífice de las primeras peregrinaciones, procesiones de enfermos y retiros de antorchas a Lourdes. Durante sus 50 años de apostolado, recorrió los caminos en busca de almas que llevar a Dios.

“Allí donde iba, triunfaba la gracia. Le llamaban el conquistador de almas. No esperaba a que los pescadores vinieran a él, él mismo iba tras los pescadores”, explica la Asociación para la Memoria del Padre Marie-Antoine, creada en 2005 para apoyar su proceso de beatificación. Murió en olor de santidad el 8 de febrero de 1907.

La historia de esta col fenomenal, publicada en sus Souvenirs en 1930 y relatada en el reciente libro El herbario del reverendo padre Marie-Antoine de Lavaur (Éditions du Pech), es una bella ilustración de las numerosas gracias de conversión obtenidas por este “conquistador de almas”. El padre Marie-Antoine de Lavaur cuenta cómo Dios hizo volver en sí a un hombre que cultivaba coles.

El hombre que volvió a Dios

Un lunes por la mañana, uno de los vecinos del padre Marie-Antoine de Lavaur le llamó mientras visitaba a una mujer enferma y le invitó a ir a ver a uno de sus vecinos. “Hay un hombre en un jardín que necesita convertirse”, le dijo la mujer. “Tiene tres hijas y no las educa como cristiano, trabaja los domingos y falta a Misa”. El padre Marie-Antoine de Lavaur, siempre dispuesto a convertir almas, obedeció y fue al encuentro del hombre que se encontraba de pie en medio de su huerto de coles.

Dios nunca ha dejado morir de hambre a los que oyen Misa”

Después de rezar un Ave María, el capuchino entra en el jardín. “Jean, tócame la mano; estoy de paso por el barrio y quiero conocerte. Pareces un buen hombre. Eres vecino del convento y nunca te he visto los domingos en Misa, en nuestra capilla, lo que me sorprende”, comienza el santo sacerdote. Seguro de sí mismo, el vecino respondió: “No se sorprenda, padre, no voy a Misa, estoy demasiado ocupado. Tengo que ganarme el pan para mis tres hijas y para mí”.

Pero el reverendo no se dio por vencido. No era su costumbre quedarse sin hacer nada: “No tenga miedo, amigo mío, Dios nunca ha dejado morir de hambre a los que oyen Misa. Prométame que vendrá a Misa el próximo domingo, y le prometo que Dios le ayudará”.

El hombre lo prometió… y Dios no tardó en actuar. Al día siguiente, una de las coles del huerto creció de forma excepcional. Nadie había visto nunca nada igual; parecía más bien un “arbusto”, según los testigos relatados por el padre Ernest-Marie de Beaulieu, capuchino y biógrafo del padre Marie-Antoine de Lavaur. Según este último, el repollo medía más de dos metros de altura. Se produjo un alboroto en el barrio y luego en toda la ciudad; todo el mundo corrió a ver “la col del padre Marie-Antoine”.

El jardinero no perdió la cabeza ni la ocasión de este increíble fenómeno: cobró la entrada a su jardín a todos los que se acercan a ver la col gigante. Al cabo de dos días, se recaudaron mil 500 francos, lo que le permitió proporcionar una dote de 500 francos a cada una de sus hijas.

Al día siguiente, padre e hijas se confesaron, y el jardinero, en agradecimiento, cuidó el jardín del convento. Su hija también acudió más tarde a “confesarse bien” con el capuchino: “¡Cuántas cosas hizo salir el buen Dios de la famosa col!”

El cadáver de la col seca se conservó en el lavadero del convento de Côte-Pavée hasta el incendio de 1883.

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