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La primera autobiografía en español la escribió una mujer en alabanza a la Virgen

WRITING

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Vidal Arranz - publicado el 02/05/23

Su autora es Leonor López de Córdoba y Carrillo, protagonista de una vida llena de penalidades

El primer relato autobiográfico en castellano de la historia de la literatura española lo escribió una mujer del siglo XV, Leonor López de Córdoba y Carrillo, que dedicó su obra en alabanza a Jesucristo y a la Virgen María, de la que destaca su capacidad de misericordia y socorro. 

Y no es una dedicatoria gratuita, pues el relato de su vida estuvo marcado por el infortunio y por experiencias personales de lo más dramático que sólo pudo sobrellevar gracias a la fe en la Virgen y al consuelo que obtuvo de ella, a tenor de su testimonio.

«Sepan quienes vean este escrito (…) como todo esto que aquí es escrito es verdad, que lo vi y que me pasó», asegura la autora de esta singular relación de hechos de su vida, una existencia inicialmente adscrita a las clases pudientes de Castilla, pero que a la postre estuvo marcada por la desgracia, con la pérdida de sus seres queridos y nueve años de penosa estancia en prisión.

Y recalca: «lo escribo en honra y alabanza de mi Señor Jesucristo y de la Virgen Santa María, su madre que lo parió, para que todas las criaturas que padezcan tribulación estén seguras de que yo espero de su misericordia que, si se encomiendan de corazón a la Virgen Santa María, Ella las consolará y socorrerá como me consoló a mí»

La existencia de este documento, que desmiente la idea generalmente extendida de que el género autobiográfico llegó tarde a las letras en castellano, fue dada a conocer recientemente por el lingüista Gonzalo Santonja, actualmente consejero de Cultura de la Junta de Castilla y León, quien resaltó su extraordinario valor histórico y su gran calidad literaria.

Santonja dedicó a la obra de Leonor López de Córdoba su conferencia inaugural del congreso ‘La España medieval, un mundo de fronteras territoriales, religiosas y culturales’ celebrado los días 13 y 14 de abril en Valladolid. De esta obra existe una versión electrónica publicada por la Asociación Thaumathos Editorial, accesible en Amazon.

Doña Leonor nació en 1362 o 1363 en Calatayud y falleció en 1430 en Córdoba. Nació en la casa de Pedro I, tachado ‘El Cruel’ por sus detractores, y “El Justiciero’ por sus partidarios. Su filiación familiar la sitúa «en el sancta sanctorum de la corte castellana», según las explicaciones de Santonja. 

«¿Más datos en este sentido? Resulta fácil espigarlos, dada su adscripción al grupo de los poderosos: amadrinada por las infantas, con las cuales al lado de su hermano Lope, pasó los años iniciales de su vida, creció en el Alcázar de Segovia y luego pasó su juventud en plazas de primacía, como la de Carmona, gobernada por su padre (Martín López de Córdoba), que fue donde la tragedia se abatió sobre él, sobre ella y sobre su familia», explica el investigador en su conferencia.

Una tragedia ligada a las disputas monárquicas que le dio la vuelta a su vida entera, como un calcetín, pasando de tener todo resuelto a sufrir todo tipo de penalidades y tragedias.

Era el padre de doña Leonor partidario de Pedro I, contra el que se enfrentaría su hermano bastardo Enrique (reconocido luego como Enrique II de Castilla). En el trance de las disputas puso cerco a la plaza de Carmona, que defendía Martín López de Córdoba con denuedo y sin visos de una próxima derrota.

«Asedio encarnizado, resistencia indomable. Ni un bando ni otro se andaban con miramientos. Quien caía en manos del adversario lo pagaba con la cabeza», explica Santonja.

«Doña Leonor, escritora de raza, desnuda aquel horror con palabras crudas y sin ocultar las atrocidades propias», añade. Así explica en la relación de su vida el triste destino que sufrieron doce caballeros que habían intentado escalar los muros de la villa: 

«Cuando subieron encima de la muralla, fueron hechos prisioneros. Mi padre fue avisado enseguida del acontecimiento y acudió inmediatamente. Y mandó que, por su atrevimiento, les cortaran la cabeza».

Como los sitiados no cedían y el cerco se eternizaba, el rey recurre a la mediación del Condestable para buscar un acuerdo que permita alcanzar el objetivo de la capitulación de la plaza.

La entrega de la plaza se produjo bajo dos condiciones que doña Leonor relata. La primera, que las infantas (las dos hijas de Pedro I) fueran llevadas con sus tesoros a Inglaterra antes de entregar la villa al rey «y así se hizo».

La otra era que don Martín, sus hijos y valedores y quienes por orden suya habían prestado servicio en la villa fuesen perdonados por el rey, ellos y sus haciendas, y considerados leales. «Y así se lo dio firmado el citado condestable, en nombre del rey», recuerda doña Leonor López de Córdoba y Carrillo.

«La escritura de doña Leonor no peca, precisamente, de ingenua», explica Santonja, en referencia al modo como ella da cuenta de un pacto que finalmente no se cumpliría.

Conforme al acuerdo, don Martín y los suyos acuden a besarle las manos al nuevo rey en señal de acatamiento, sumisión y respeto, tal y como regulan las normas del momento, que establecen, por un lado, que cualquiera puede hacerse vasallo de otro besándole la mano por reconocimiento de su señorío. Un ritual que debe realizarse, en todo caso, cada vez que hay un cambio de rey.

Pero el pacto no fue respetado y «el señor rey don Enrique les mandó prender y meter en las atarazanas (astilleros) de Sevilla», explica doña Leonor, cuyo estilo contenido evita cualquier forma de desahogo emocional, pese a estar narrando hechos que le afectan directamente a ella y a su familia de forma terrible.

Con idéntica economía de medios relata el gesto de dignidad del condestable, disconforme con la actuación real, que había dejado sin valor su palabra. «Viendo que el señor rey don Enrique no le había cumplido la palabra que él había dado en su nombre al maestre, se marchó de la corte y nunca más volvió a ella».

En su conferencia, Santonja confirma que el rey Enrique II no se caracterizó precisamente por respetar sus compromisos y cita otros ejemplos históricos de promesas incumplidas, como aval de que la autora de la relación es fiel a la verdad.

En el caso de su familia, la traición del rey se concretó en la ejecución del padre de doña Leonor, cuya cabeza fue pasada por el hacha del verdugo en la plaza sevillana de San Francisco.

Pero, además, ordenó confiscar todos sus bienes, así como los de su yerno y los de quienes consideró afines al ejecutado, y envió a su familia a la cárcel de las Reales Atarazanas con la intención de sepultarlos en vida.

El relato de doña Leonor es desapasionado, pero tremendo: «Y los demás que quedamos estuvimos presos nueve años, hasta que falleció el señor rey don Enrique», explica, sin olvidar nunca la obligación de guardar el respeto debido a la autoridad.

«Y nuestros maridos tenían cada uno 60 libras (unos 30 kilos) de hierro en los pies, y mi hermano don Lope López tenía encima de los hierros una cadena en la que había setenta eslabones; él era un niño de 13 años, la criatura más hermosa que había en el mundo», añade Leonor.

«Y a mi marido, en especial, le ponían en el aljibe del hambre, donde le tenían seis o siete días sin comer ni beber nunca, porque era primo de las señoras infantas, hijo del señor rey don Pedro». 

No son los únicos dramas que le esperan, pues una epidemia de peste provoca la muerte de sus dos únicos hermanos, de sus cuñados y de trece caballeros de la casa de su padre.

Sólo la muerte del rey, que mostró cierta indulgencia final en su testamento, al ordenar su liberación, alivia en parte sus pesares. Pero la segunda parte de aquella decisión póstuma, devolverles los bienes confiscados, no será posible ejecutarla, pese a los esfuerzos puestos en ello por los supervivientes. 

Santonja explica que doña Leonor «no escribe en nombre de la ficción, ni para allegar fama, o agenciarse ingresos», sino, muy al contrario, para que se sepa la verdad de lo que ha vivido.

Y lo hace «en el nombre de Dios Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero en trinidad», pero también en el nombre «del citado Señor y de la Virgen Santa María, su madre y señora y abogada de los pobres pecadores, y en honra y alabanza de todos los ángeles, santos y santas de la corte celestial», según asegura nuestra autora, que no escribió directamente su escrito, sino que lo dictó a un escribano.

«Desde la literatura yo sostengo la verdad de estas Memorias, a las que tengo por la muestra inicial de la autobiografía en castellano desde una conciencia no feminista pero sí rotundamente femenina», explica Gonzalo Santonja.

Con esta obra «el nacimiento de este género se adelanta no ya al Siglo de Oro, o al Renacimiento, sino al siglo XV», una centuria que el consejero de Cultura de Castilla y León no duda en calificar de «prodigiosa», con ejemplos como Amadís de Gaula, Jorge Manrique (Coplas a la muerte de su padre), el Marqués de Santillana, Juan del Encina, Antonio de Nebrija (Arte de la lengua castellana) o Fernando de Rojas, el autor de La Celestina. 

El original de las ‘Memorias de doña Leonor López de Córdoba’ se custodiaba en el monasterio de San Pablo de Córdoba, pero se perdió. En la actualidad se conservan copias de distintas fechas en el Archivo Histórico de Viana y en la Biblioteca Pública Provincial, ambos en Córdoba; también en la Real Academia de la Historia de Madrid; y en la Biblioteca Capitular Colombina de Sevilla.  

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