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El secreto del éxito apostólico está en… ¡la intimidad!

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Courtesy of FOCUS

Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/03/23

¿Sabes a qué apostolado te llama Dios y cómo llevarlo a cabo? Una magnífica reflexión del padre Carlos Padilla

El apóstol no descansa nunca. No hay momentos en los que deje de ser un apóstol enviado por Dios. Siempre soy apóstol. En el trabajo, con los amigos, de vacaciones, en casa.

No me quito el uniforme de apóstol cuando llego a casa cansado, después de un día duro en el trabajo y me enfrento con los míos, con mi familia.

En ese momento no me relajo, no dejo a un lado mis principios, no pienso que allí, en la intimidad de mi cuarto, nadie me ve.

Justamente el principal apostolado comienza cuando llego con los míos, con los que amo y me aman como soy.

Sin tener que darles una charla, un discurso. No necesito ante ellos defender mis principios. Sólo necesito vivir lo que llevo dentro.

El apóstol en la intimidad

Mi apostolado es cuidar lo que Dios me ha confiado. Ese vínculomatrimonial, ese vínculo con mis hijos, ese vínculo con mis hermanos, ese vínculos con mis amigos más cercanos.

Con ellos soy apóstol cuando no me olvido de quién es el que me envía a llevar la esperanza y la alegría.

El apóstol nunca se cansa de entregar gratis lo que ha recibido gratis. No dejo de creer en lo que predico cuando me quito las ropas más formales.

Cuando estoy en la intimidad familiar no dejo de mantener en alto los ideales que encienden mi corazón.

Aquello que defiendo cuando estoy fuera de casa, lo vivo con más intensidad al lado de los míos.

Cuando digo a los que no conozco lo importante que es estar unido a Dios, lo practico en la intimidad de mi hogar con más fuerza.

Esa coherencia de vida, esa continuidad es lo que le da fortaleza a la verdad de mi ser apóstol de Jesús.

El secreto del éxito

Por eso quiero cuidar lo más importante de ser apóstol que es la comunión con Jesús, con María.

Esa intimidad mantenida viva en el hogar, en la intimidad de mi cuarto, hace que nunca se apague el fuego del que es enviado como una oveja en medio de los lobos.

Viendo una película con mis hijos, con mis hermanos, con mi cónyuge, con mis amigos o disfrutando de una carne asada con los míos, o viendo un partido de fútbol con ellos, sigo siendo un apóstol.

Por eso es importante pasar tiempo con los míos, perder el tiempo con mis hijos, pasar ratos de intimidad con mi cónyuge, disfrutar con sencillez de la amistad. Con ellos sigo siendo apóstol.

¿Estoy haciendo lo que Dios quiere?

Y cuando falto mucho de casa por compromisos apostólicos tengo que preguntarme si no estoy descuidando el apostolado principal al que Dios me llama.

Cuando me ausento de mi comunidad, de mis hermanos por servir fuera, tal vez esté siendo candil de la calle y oscuridad de mi casa.

Viviendo la cotidianeidad con el corazón unido a Dios y a los míos estoy haciendo su voluntad.

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Como cuando Jesús, María y José vivían en la intimidad de Nazaret sin grandes milagros, sin grandes obras.

Nazaret se juega en mi casa todos los días. El tiempo de calidad que invierto es oro. No quiero dejar que se me escape la vida sin vivirla con todo el alma.

¿Cuál es tu apostolado principal?

Jesús nunca dejó de ser Él mismo allí donde se encontraba. No dejó de ser el Hijo de Dios enviado a los hombres, ni en la intimidad del grupo de sus apóstoles, ni rodeado de aquellos que querían ser curados y tocar al menos su manto o escuchar sus palabras.

Al mismo tiempo el apostolado principal que vivo como matrimonio es el de la presencia en un mundo en el que Dios está tan ausente.

Hoy una familia con valores cristianos, con principios claros, es un testimonio vivo sin necesidad de que digan nada para defender aquello en lo que creen.

La fidelidad en los años del amor matrimonial es un testimonio que conmueve. Celebrar bodas de plata u oro, en los tiempos que corren, es un milagro que convierte el corazón a Dios.

¿Cómo ayudar en la Iglesia?

En la participación en actividades apostólicas, el testimonio de la presencia ya es importante.

Basta con estar, con participar, con ir allí donde la Iglesia se hace presente en medio de este mundo secularizado que ha recluido a Dios a la sacristía de las iglesias.

El apóstol no se cansa de dar testimonio de lo que ha visto, de lo que ha oído, de lo
que ha descubierto.

Cuando fracaso

El amor a Jesús es lo que lo sostiene en medio de las adversidades cuando experimenta el rechazo o la falta de éxito.

Los fracasos son el alimento cotidiano del apóstol. No se trata de su obra, es el reino de Cristo, no el suyo.

Él no es rey, sólo un enviado a dar amor, a decir que el amor de Dios salva su vida.

Coherencia y comunidad

Y tienen que ser creíbles mis palabras sólo cuando están respaldadas por la vida, por mis obras, por el amor que ven en mi familia, en mi hogar. Cuando ven que mis actos tienen que ver con aquello que digo que creo.

No soy apóstol en soledad. Lo soy en una comunidad, en un grupo de apóstoles que siguen a Jesús hasta el cielo. Como decía el padre José Kentenich:

“María nos ha regalado el uno al otro. Queremos permanecer recíprocamente fieles: el uno en el otro, con el otro, para el otro, en el corazón de Dios.

Si no nos reencontrásemos allí, sería algo terrible. Allí debemos volver a encontrarnos.

No deben pensar: vamos hacia Dios, por eso debemos separarnos. Yo no quiero ser simplemente un señalizador en la ruta. ¡No! Vamos el uno con el otro. Y esto por toda la eternidad“.

La vocación de apóstol es para siempre. Nunca dejo de ser un enviado. Cuando fracaso o cuando tengo éxito, sigo adelante sin dejarme intimidar por las dudas o los miedos.

Dios me sostiene y me guía. Es su reino el que está en juego y quiere que aporte lo que llevo dentro con sencillez y humildad, unido a los míos, y para siempre.

Tags:
apostoladocomunidadéxitoiglesia catolicaintimidad
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