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¿San Pablo se cayó realmente de un caballo en su conversión?

Conversion of St Paul by Michel-Martin Drolling, Saint-Sulpice,

Manuel Cohen via AFP

Detalle de la Conversión de San Pablo

José Antonio Méndez - publicado el 25/01/23

Es una de las imágenes más comunes de la iconografía cristiana. Sin embargo, en el relato del Nuevo Testamento no aparece ningún caballo en la conversión de san Pablo. ¿Por qué, entonces, se le suele representar de ese modo? ¿Cómo ocurrió realmente su conversión?

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Esculturas, tapices, lienzos… la conversión de san Pablo ha inspirado multitud de obras de arte a lo largo de los siglos.

Incluso ha dado lugar a refranes tan conocidos como «caerse del caballlo» para referirnos a alguien que, de pronto y sin previo aviso, se da cuenta de algo importante. 

El origen de estas representaciones está en la tradición según la cual Saulo de Tarso, de camino a Damasco para perseguir a los cristianos, se cayó del caballo ante una visión de Cristo resucitado.

A partir de ese momento, Saulo, también llamado Pablo, se convertiría en uno de los más apasionados y fructíferos apóstoles del cristianismo.

Sin embargo, a pesar de esa iconografía tan popular, en el relato del Nuevo Testamento sobre la conversión de san Pablo… ¡no aparece ningún caballo! 

El personaje con más detalles

San Pablo es, después de Jesús, el personaje histórico de los orígenes del cristianismo del que tenemos más información.

Sobre él no sólo contamos con lo mucho que se cuenta en el libro de los Hechos de los apóstoles, escrito por san Lucas como continuación de su Evangelio. También tenemos los muchos detalles que aparecen en sus Cartas (a los romanos, a los efesios, a los corintios…). 

SAINT PAUL, DAMASCUS

Algunos pasajes de su vida, tanto de las cartas como de los Hechos, son muy ricos en detalles, pues como explican los historiadores, san Lucas escribió los Hechos a partir de diferentes fuentes, entre las que destacaría lo que el propio Pablo le había contado personalmente.

También en sus cartas aparecen detalles muy concretos e inesperados, como cuando en la segunda epístola a Timoteo le pide que le lleve «el abrigo que me dejé en Troas, en casa de Carpo», «y los libros también, sobre todo los de pergamino».

Por eso, si san Pablo hubiese sufrido una caída tan aparatosa como la que supone ser descabalgado de golpe, no parece probable que ese matiz se hubiera pasado por alto.

Judío de la diáspora, bien formado, pero sin lujos

El relato de su conversión aparece en el capítulo 8 del Libro de los Hechos.

Ese pasaje narra cómo Saulo se había presentado ante el Sumo Sacerdote de Jerusalén para pedirle un aval escrito que le permitiese viajar hasta Damasco para apresar a los seguidores «de la nueva doctrina» predicada por Jesús, «fuesen hombres o mujeres».

Damasco, en la actual Siria, distaba unos 300 kilómetros de Jerusalén, por lo que el viaje se demoraba varias jornadas.

Así, no habría sido extraño que en algunos momentos hubiese podido recurrir a cabalgaduras. Sin embargo, en aquella época los viajes a pie eran los más comunes para la población general. 

Pablo, además, era un judío de la diáspora –Tarso estaba situada entre Anatolia (Turquía) y Siria–, y aunque se había formado junto al gran rabino Gamaliel, no era doctor de la ley ni escriba, sino un trabajador manual que se dedicaba a algo tan rudo como fabricar tiendas.

Esa actividad le permitía subsistir, sí, pero sin lujos (y hacer un viaje de varios días a caballo era, sin duda, todo un lujo).

El texto concreto

Según Hechos, cuando estaba a punto de entrar a Damasco, «se vio rodeado de un resplandor que venía del cielo. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’».

Quienes lo acompañaban escuchaban la voz, pero no veían a nadie, aclara Lucas.

«Yo soy Jesús, a quien tú persigues», le dijo el Señor. Aunque tenía los ojos abiertos, Pablo no lograba ver nada (y estuvo así durante tres días), de modo que quienes iban con él, «lo cogieron de la mano y lo condujeron a Damasco».

Nada se dice, por tanto, de ningún caballo.

A partir de ese momento, la vida de Pablo dio un giro radical: abrazó la fe en el Señor, se sometió a la autoridad de los apóstoles, estrechó su relación personal con Jesús hasta decir «yo vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí», ayudó a construir la Iglesia, y no dejó de predicar el Evangelio, como un verdadero apóstol, incluso hasta morir mártir. 

La historia de san Pablo muestra que el encuentro con Cristo puede cambiar la vida de cualquiera, incluso del más acérrimo enemigo del cristianismo.

Y de ahí que la tradición artística y popular haya querido enfatizar «su caída al suelo», o sea, su conversión, «tirándole de un caballo»… en el que tal vez no iba subido.

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