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Cuando la desconfianza acecha a tu matrimonio

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fizkes - Shutterstock

Mercedes Honrubia García de la Noceda - publicado el 23/01/23

Cuando un cónyuge ha perdido la confianza en el otro, es el punto final de un distanciamiento progresivo y del abandono del diálogo. La opinión de Mercedes Honrubia, especialista del Instituto Coincidir

No son pocas las parejas que acuden al Instituto Coincidir para recuperar la confianza en su matrimonio. 

La razón fundamental radica en cómo el paso del tiempo, el ajetreo del día a día y algunas interpretaciones distorsionadas de cuestiones concretas, van haciendo mella en la pareja, provocando un distanciamiento emocional que lleva como consecuencia un distanciamiento físico. De ahí no es raro escuchar los meses o años que algunas parejas llevan sin tener intimidad.

¿ Qué está ocurriendo?

El matrimonio es una vocación, es la respuesta a una llamada que surge a través de una atracción inicial hacia otra persona. A medida que la vamos conociendo, nos damos cuenta de que su presencia es buena para nosotros, nos hace mejores personas y nuestra vida tiene sentido a su lado. Por ello, elegimos dar un sí definitivo a través de nuestro compromiso en el matrimonio.

Ese amor que hemos ido cultivando y cuidando durante el noviazgo, necesitará seguir siendo regado, para que ese árbol, que es nuestro proyecto, eche raíces y de ahí vaya creciendo, porque el matrimonio, como la persona, está en constante desarrollo.

Cuando perdemos esto de vista, el mundo se nos cuela en nuestro día a día y podemos llegar a perder el foco. El cuidado diario de nuestro matrimonio, es nuestra tarea más importante. Igual que cuando nacen los hijos, nos volcamos en su cuidado y mimo, lo mismo ocurre con nuestro esposo/ a. Necesitamos seguir nutriendo esa elección, esa llamada y darle respuesta a través de una buena comunicación. No sólo verbal, sino a través de detalles, gestos de ternura, miradas, sonrisas o escucha. En definitiva, necesitamos tiempo para cuidar la relación.

Esto que parece muy básico, es el caballo de batalla con el que encuentran los matrimonios de hoy en día, independientemente del tiempo que lleven casados, ya sea un año, cinco, diez o veinticinco. Nos falta tiempo para cuidarnos, para querernos bien.

Descuidar lo esencial

Los primeros años porque uno está metido de lleno en los asuntos profesionales (promociones, sustento económico, estabilidad) o familiares (llegada de los hijos y sus cuidados).

Después, porque las obligaciones profesionales nos abruman, estamos en el momento álgido de nuestra carrera profesional, tenemos que atender a nuestros compromisos laborales, viajes, reuniones, eventos y no podemos perder el foco. Nuestros hijos van creciendo y necesitan otro tipo de atención, su educación, las extraescolares, su salud y su vida social son los principales puntos de atención. Esto cuando las pantallas no nos han comido el terreno y tanto padres como hijos pasan horas delante de ellas.

Todo ello, unido a la necesidad de buscar huecos para cuidar nuestra salud física y mental, hacer deporte, quedar con amigos, estar a la última en las series o conocer el restaurante de moda.

¿Y nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Cuándo nos vemos y charlamos de tú a tú? ¿Cómo cuidamos esa amistad de antaño, que hizo que nos comprometiéramos? ¿Dónde han quedado esas promesas de cuidado mutuo y de amistad, de querer bien al otro en su necesidad?

Yo me he encontrado con parejas que no tienen tiempo para ellos, su día a día es una constante obligación, un to docomo dicen ahora, donde no hay encuentro ni intimidad alguna, porque tampoco se busca. 

Silencio y desconfianza

Falta amistad, ganas de estar juntos y el silencio se va instalando en sus vidas. Un silencio disfrazado de mucho ruido exterior.

Este es el caldo de cultivo de una desconfianza que con el tiempo, se puede ir apoderando de ese matrimonio: 

  • Puesto que no tengo tiempo contigo, poco a poco nos vamos distanciando; lo que haces o no haces no es compartido conmigo, por lo que, cada vez más, vamos gestionando logística familiar, pero no vamos compartiendo lo más profundo de nosotros mismos, nuestros anhelos, alegrías, preocupaciones o expectativas. 
  • No vamos actualizando nuestro proyecto de vida, por lo que la distancia va siendo cada vez más tangible, más patente, más real.

El amor que se siente pero no se manifiesta, es como si no existiera.

Todos necesitamos muestras de afecto, en especial de nuestra pareja. La razón de ser del vínculo mismo es el afecto y para ello, es necesario conocer cuál es el lenguaje del amor de nuestro cónyuge, por lo que se hace imprescindible  dialogar.

Como dice el papa Francisco en AL 136.

El diálogo es una forma privilegiada e indispensable de vivir, expresar y madurar el amor en la vida matrimonial y familiar. Pero supone un largo y esforzado aprendizaje. Varones y mujeres, adultos y jóvenes, tienen maneras distintas de comunicarse, usan un lenguaje diferente, se mueven con otros códigos. El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y muchos factores más, pueden condicionar la comunicación. Además, siempre es necesario desarrollar algunas actitudes que son expresión de amor y hacen posible el diálogo auténtico”.

El bien del otro

Amar bien significa buscar el bien del otro, tiempo, intimidad, reciprocidad y gestos. En definitiva, compartir, para poder recuperar esa confianza que se ha visto deteriorada.

AL 137. “Darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba. Esto requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir. Esto implica hacer un silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio. Muchas veces uno de los cónyuges no necesita una solución a sus problemas, sino ser escuchado. Tiene que sentir que se ha percibido su pena, su desilusión, su miedo, su ira, su esperanza, su sueño. Pero son frecuentes lamentos como estos: «No me escucha. Cuando parece que lo está haciendo, en realidad está pensando en otra cosa». «Hablo y siento que está esperando que termine de una vez». «Cuando hablo intenta cambiar de tema, o me da respuestas rápidas para cerrar la conversación».

Confiar en tu matrimonio significa actualizar el amor, es decir si quiero cada día, con los retos que tengamos, es nutrir ese proyecto que está en constante construcción, donde cada uno es para el otro un fin en sí y donde se vive desde la acogida y la donación gratuita, porque su vínculo es el amor. No cabe la indiferencia y mucho menos la desconfianza, porque es un amor recíproco que está llamado a crecer, sabiendo que cada crisis, bien gestionada, es una oportunidad para seguir creciendo en nuestra unión. 

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