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A propósito de la infidelidad 

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Concierto de Shakira durante el Rock in Rio en Arganda del Rey el 6 de junio de 2010 en Madrid

Feliciana Merino Escalera - publicado el 17/01/23

El arte la catarsis y la expresión de lo humano. Una reflexión sobre el "caso Shakira" de Feliciana Merino, filosofa experta en Edith Stein

Hace nada salió publicado en Aleteiaun artículo sobre la famosa disputa entre Shakira y Piqué por la nueva canción de la artista que ha llegado a los 60 millones de reproducciones en apenas unos días.

Es cierto que la polémica está servida, por ambas partes. Es cierto que la infidelidad produce efectos muy perjudiciales en las personas, pero también es cierto que el arte, en este caso la música, permite expresar el dolor que produce una herida de tales características.

No entraré en si la canción es vengativa o no, no entraré en si las reacciones por parte del que generó el daño son o no correctas. En un mundo donde crece la mentira y su apariencia de verdad, donde el mal y su camuflaje como bien «normalizado» es la moneda que venden todas las opiniones, entrar en esta discusión es sencillamente ridículo. 

Está claro que el  hombre es el animal de la justificación. Hoy la infidelidad se ha convertido sencillamente en algo normal, es normal enamorarse de otra persona y por ello romper el vínculo matrimonial y familiar. Es normal encubrir el pecado diciendo que el amor no existía. Es normal justificarlo de mil maneras, incluso en nombre de la «honradez». Toda mentira queda justificada por una apariencia de normalidad y de «buen hacer» que es la reacción más instintiva que puede tener el ser humano para negarse a sí mismo el mal cometido.

«Normalizar» para acallar conciencias

La confusión entre víctimas y verdugos es tan propia de nuestro tiempo que hasta figuras con renombre en la vida política, como las declaraciones del antiguo alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, de que «todo el mundo» comete infidelidades, convierten el hecho de engañar al cónyuge como algo justificable, síntoma de un matrimonio aburrido en el que «se nos rompió el amor de tanto usarlo», como dice la canción de Rocío Jurado. 

Sin embargo, es cierto que la superación de tal afrenta como lo que es, no vendrá solo de una actitud que disfrace el dolor públicamente a través de reacciones que son humanas pero que nos separan de nuestro corazón. La herida no puede transformarse en odio. La tragedia no puede dar lugar a un mal mayor. 

Con todo, el silencio tampoco ayuda, el silencio solo permite que los malos no sean desenmascarados, y les da nuevo poder para seguir disimulando el mal bajo el ropaje de bien. El silencio ante el mal solo puede ser el silencio de Dios, como ofrecimiento para que lo transforme en mayor bien. Es silencio orante, una forma de oración que pida y pueda permitir que los verdugos puedan gozar del Paraíso, si no se cierran al milagro de Su amor. 

Sin embargo, ese silencio no es comparable con el silencio humano. El mal reclama desnudarlo, combatirlo y no prestarnos a la confusión reinante. El mal reclama justicia, pues la caridad también exige la justicia por el mal cometido, como ya dijera nuestro recién difunto Benedicto XVI. La verdad es siempre el verdadero triunfo para construir un mundo donde el mal no acampe a sus anchas y tenga la última palabra. 

Un magnífico profesor y amigo siempre me decía una frase que me parece grandiosa: «La cobardía es peor que la maldad, porque el mal acampa cuando los buenos no hacen nada».

Expresar «bien» a través del arte

El arte es la expresión de un deseo de verdad, bien y belleza, que anida en el corazón humano y solo es saciado en el encuentro con la Verdad plena; pero nos permite, mientras tanto, tratar de lidiar con el dolor, con la herida, con los sentimientos de rabia, tristeza y desolación, que el mal y solo el mal produce. 

En toda expresión artística hay dos partes. Una es la expresión del artista que muestra a través de la obra una parte de su experiencia humana. Otra es la recepción por parte del espectador al identificar palabras, imágenes y ritmos que le permiten expresar y ordenar la suya. En ambos sentidos el arte consiste en una liberación, en una catarsis, la forma necesaria de ordenar nuestra vida para seguir caminando. 

No creo que sea tan negativo que una canción pueda expresar el dolor, el rencor o incluso la rabia, sentimientos profundamente normales en aquel que sufre una afrenta como la que Shakira ha vivido. Y tampoco lo es para los millones de oyentes que la hayan podido escuchar identificándose con ella. 

En otro sentido, la canción dice mucho más, pues también representa la lucha, la voz de todas las mujeres que se sienten reconocidas en su situación y no pueden alzar su voz. Expresa un anhelo por la justicia, la verdad y el bien que todos llevamos dentro. 

Sin embargo, podríamos preguntarnos si la canción es arte en sentido objetivo o solo arte como expresión subjetiva de su experiencia. Creo que ha sucedido lo segundo. Shakira podría haber sido más elegante, mantenerse como una verdadera «loba»,  hablar de la experiencia de la traición de manera mucho más poética y humana como ha hecho en otros temas anteriores.

El corazón, objeto de consumo

Al personalizar tanto el tema, con referencias tan explícitas, sin darse cuenta, su expresión artística ha producido una banalización de una experiencia de la máxima importancia y, con ello, de su trascendencia y universalidad. Aun así es expresión de lo humano, con todo lo bueno y lo malo, aunque de un modo que lejos de alertar y crear conciencia puede quedar ridiculizado.

Es lo que pasa cuando comerciamos también con las cuestiones del corazón como si fueran objetos de consumo: aparecen como cosas que una vez consumidas, dejan el poso de la profunda insatisfacción que nos devora a nosotros, una pulsión a la que tendremos que seguir alimentando como a una bestia hambrienta y sedienta de venganza.

El arte siempre tiene un efecto contagioso, el de reconocernos en una escuela que abre la ventana al núcleo de nuestra intimidad y experimentar, con ello, sentimientos muy parecidos aunque de un modo no originario. Ocurre también con la poesía, o con la pintura, o con el cine. 

Lo importante es desde ahí  ir al corazón, ver qué nos sucede cuando escribimos o escuchamos una canción o un poema, o cuando realizamos u observamos una obra de arte que entronca de lleno con nuestras emociones más profundas y las sobrepasan, las trascienden, porque el Arte, como expresión del Amor, puede reconocerse en la tragedia, pero sin darle poder. No hay mayor poder que la Verdad, la Belleza y el Bien, que solo un Amor más grande puede testimoniar.

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