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Abusada por un sacerdote, después se consagró a Dios

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ANTOINE MEKARY | ALETEIA

Gelsomino del Guercio - publicado el 21/12/22

Durante siete años, aún siendo menor de edad, sufrió el acoso en silencio en un oratorio milanés. Después el rescate y el abrazo con el Señor

El renacer tras tocar fondo, una luz que vuelve a encenderse gracias al Señor, después de perder la confianza por el abuso sexual sufrido por un sacerdote, es decir de quien debía encarnar… las lecciones de Dios. La de Giulia es una historia de esperanza y sobre todo de valentía que toma forma en un oratorio milanés.

A los 14 años las primeras insinuaciones

A los 14 años sufrió las insinuaciones de un cura, se abandonó a él y sufrió abusos sexuales. Pero después, tras casi diez años difíciles, logró encontrar la fuerza para salir de la espiral de perversión que se consumía en su piel.

Un fuerte acercamiento a Dios, al Señor al que ella amaba desde niña, y la elección de consagrarse a Él y volver a amarse completan una vida que parecía sumergida en un túnel sin salida.

Esos almuerzos con el «Don»

Giulia, que ahora tiene 50 años, ha encontrado la fuerza para contar su historia en primera persona en el libro Giulia y el lobo (Ancora editrice). Una historia que comienza cuando la niña, de apenas 14 años, conoce al carismático sacerdote del oratorio. A menudo, su madre también lo invita a almorzar los domingos. Es una persona afable.

«El «Don» –recuerda Giulia– sabía llevarse bien con todos, siempre tenía una palabra, hablaba con los grandes, pero también sabía involucrarnos a los pequeños en la conversación».

Acompañante espiritual

El tal «don» se convirtió en el compañero espiritual de la niña. Ella confió en él, le contó todo sobre su vida y siguió sus indicaciones, sus consejos.

Al mismo tiempo, la niña tomó parte activa en la vida fraterna de la parroquia. Y fue durante un campamento de verano en el oratorio, después de que Giulia se sintiera enferma, cuando ocurrió el primer episodio triste. El «don» le hizo una visita a la clínica y le tocó los senos, halagando sus formas.

De santo a «lobo»

Desde entonces, en la historia de Giulia, el «Don» se transformó en «lobo». Los abusos se volvieron continuos y crecientes.

Las excusas más absurdas eran funcionales para palpar el cuerpo de la chica. Como cuando una leve fiebre que sufría la chica desde hacía unas semanas fue una oportunidad para desnudarla, por primera vez, tomándole la temperatura.

«Estaba indefensa»

«El «lobo» –recuerda– me devoraba con la mirada y no dejaba de acariciarme y besarme por todas partes».

«Sin demasiado esfuerzo había conseguido lo que quería, mientras yo estaba indefensa, confundida e incapaz de poner límites a sus garras y mandíbulas. Estaba profundamente avergonzada y al mismo tiempo me producía un tremendo placer«.

Juegos eróticos

La trama variaba de vez en cuando. A veces las citas eran después de la lección de Giulia para los más pequeños (ella tiene el papel de educadora), en ocasiones después de la escuela, otras en los campamentos de vacaciones después de que todos se dormían y estallaban reuniones prohibidas en la sala del cura. Juegos eróticos envolvían el guión del striptease de la chica frente al cura abusador.

Del sexo al anillo

Esa relación pervertida continuó durante años. También le pidió tener relaciones sexuales completas pero ella siempre lo rechazó.

Después trató de burlarse de ella, repitiéndole con frecuencia: «Te amo y no quiero que vayas a mendigar amor y sexo a otra persona, tal vez a algún chico de tu edad, que luego se burle de ti y te deje en la estacada».

Le prometió amor y sexo. Y no solo. Un día le regaló un anillo, comprado en una joyería, un regalo que avergonzó a Giulia más que nunca.

Joven con angustia
Hay un momento en que las víctimas deciden hablar de lo sucedido.

Aires de cambio

A los 18, en el último año de escuela y a las puertas de la madurez, comenzó un cambio paulatino en la vida de la niña.

Las frecuentaciones con el «don» continuaron en la edad adulta pero se volvieron menos intensas que en años anteriores.

Y sobre todo Giulia empezó a comprender que detrás de esa extraña y ambigua relación no había perspectivas.

«Cuando salí de la guarida del lobo para ir a la universidad tenía la cabeza hecha un ovillo, me sentía como un zombi, estaba muy confundida y no sabía si alegrarme o llorar de desesperación.

Cuanto más pasaban los meses, más esta relación se convertía en una rutina. A veces realmente no tenía ganas, me empezaba a cansar, él me preguntaba qué me pasaba y yo le respondía con mentiras: «No tengo nada, solo me duele un poco la cabeza…».

Sepulcros blanqueados

A menudo se le ocurría pensar en un pasaje del Evangelio «que me llamaba la atención y a menudo me venía a la mente. Jesús, dirigiéndose a los escribas y fariseos usaba palabras muy duras definiéndolos como sepulcros blanqueados».

«Sentí esas palabras sobre mí, pero más que referirse a mí, las atribuí al «lobo», a quien consideré hipócrita: ¡podrido por dentro y limpio por fuera! Yo también lo estaba, pero como resultado. Estaba sucia, pero por su culpa».

«El Señor me impidió ceder»

En los momentos más difíciles, recuerda Giulia, «siempre me aferraba al Señor y le pedía que me ayudara. Y lo hacía».

«A veces, cuando estaba en la cama con el «lobo», rezaba y me decía: «Quizás podría decirle que ‘sí’, de todos modos nunca seré realmente suya, sino del Señor». En cuerpo estaba allí, pero en mente y alma me sumergía en el Señor.

Y como me sentía emocionalmente distante, me repetía a mí misma: «Podría dejarme; de todos modos para mí esta relación no tiene ningún valor y pronto todo terminará. Pero por suerte el Señor, que me cuidaba, siempre me impidió ceder».

El cambio de «guarida»

Las historias con el «don» se hicieron cada vez más esporádicas en el tercer año de universidad de la estudiante. Las solicitudes de relaciones sexuales continuaron, así como el «no».

Entonces, como un rayo caído del cielo, llegó la noticia de que el «lobo» tenía que cambiar su «guarida». Fue trasladado a otra parroquia de la zona milanesa. Después de siete largos años ese vínculo forzado y forzoso se rompió.

El monasterio

Giulia quería comenzar una nueva vida después de los abusos sufridos por el sacerdote, comenzando de nuevo desde… el Señor. Desde Aquel de quien nunca se había sentido abandonada, ni siquiera cuando estuvo sumergida en el túnel del «lobo».

«Desde entonces mi vida ha continuado, hoy soy una mujer madura, consagrada a Dios, con un servicio apostólico y un trabajo profesional.

Ya alrededor de los 20 años, más allá de los estudios de sociología, me interrogué sobre mi vocación y le pedí al Señor que me hiciera comprender qué quería Él de mí, cómo y dónde comprometer mi vida.

Un verano incluso encontré el coraje de ir sola una semana a rezar a un monasterio de clausura».

El discernimiento

Esos días de oración representaron el punto de inflexión.

Giulia inició el camino de discernimiento y formación, profundizó su espiritualidad, emprendió el camino del noviciado y… encontró la fuerza para confesar a una monja, por primera vez, su historia de abuso.

Así tomó su vida de nuevo en sus propias manos. La vida de la congregación y la presencia de Jesús a su lado fueron semillas de un nuevo camino.

joven y vocación

El redescubrimiento del propio cuerpo

En ese período el descubrimiento «fue que yo tenía un cuerpo, un físico de mujer, con sus curvas, sus senos,…».

«Durante más de treinta años mi cuerpo -ni bello ni feo- había permanecido enterrado, enjaulado, lo consideraba un accesorio y no era parte de mi identidad. Ahora, sin embargo, comencé a reapropiarme de él, a redescubrir en mí misma la sensualidad, la sexualidad».

Jesús y el papa Francisco

Si después del abuso «nada fue como antes», la fuerza para levantarse la llevó a encontrar dos guías espirituales con los que trató de caminar en su nueva vida: Jesús y el papa Francisco.

«Encuentro en él el mismo estilo jesuita del cardenal Martini, sobrio, sencillo y profundo al mismo tiempo, la capacidad de crear un puente entre la Palabra y la vida cotidiana, la inmediatez de sus palabras, que se hacen comprensibles para todos, creyentes y laicos».

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